La Liga de Hackers no pudo encontrar a J Piloto, así que ahora tenían que llamarla jefa.
Al mencionar el tema, Syndicate Zero se animó.
Era cierto. Se rumoreaba que J Piloto había aparecido por su cuenta, sin que la Liga de Hackers tuviera nada que ver.
Aldana: [De acuerdo, ustedes se encargan del resto.]
Con el permiso de su jefa, los miembros de Syndicate Zero irrumpieron inmediatamente en la página oficial de la Liga de Hackers.
La pantalla se llenó con un mensaje provocador: [Imbéciles, hemos llegado, ¿no van a salir a recibirnos?]
La Liga de Hackers no respondió.
Se hicieron los muertos.
Encontrar a J Piloto era, en realidad, una tarea sencilla que podrían haber completado fácilmente. No sabían por qué su líder les había prohibido investigarlo. Al final, J Piloto apareció de repente, dejándolos humillados por esos malditos de Syndicate Zero.
Querían llorar.
Aldana entró en la página de la Liga de Hackers y enarcó una ceja. Esos mocosos eran bastante rápidos.
Al mismo tiempo, el celular de Rogelio vibró.
Lo desbloqueó y, al ver el contenido del mensaje, su rostro, ya sombrío, se ensombreció aún más.
Luego, volvió a girar la cabeza y vio a la joven con una sonrisa radiante.
*Ja.* Rogelio casi se ríe de la rabia que sentía.
Menuda malagradecida. Por ella, había renunciado a la misión de Wilfredo, y ahora Syndicate Zero se burlaba de él. Y ella, tan contenta hablando de Wilfredo.
Justo en ese momento, el coche dio una sacudida.
—Conduce con más cuidado.
Rogelio quería enfadarse, pero no se atrevía a desquitarse con la chica, así que le gritó fríamente a Eliseo, que conducía delante:
—Si no puedes conducir, bájate.
—Sí, jefe.
Eliseo, cargando con una culpa que no era suya, aguantó el regaño en silencio.
Poco después, el deportivo se detuvo finalmente en Luminara.
La puerta se abrió, Rogelio se bajó, todavía de mal humor, y entró a grandes zancadas.
Aldana, acostumbrada a que Rogelio le abriera la puerta, se quedó sentada en el coche, mirando confundida la espalda del hombre mientras fruncía el ceño.
—Eliseo, ¿qué le pasa a tu jefe?
—Ah.
Aldana se acercó al hombre y solo entonces notó su expresión sombría. Parpadeó y trató de consolarlo en voz baja:
—Iván y Eliseo no lo hicieron a propósito.
¿Iván y Eliseo? Rogelio frunció ligeramente el ceño y preguntó con voz ronca:
—¿Por qué crees que estoy enfadado?
—¿No es por la inestabilidad del coche?
Aldana levantó la barbilla, su rostro pequeño, delicado y adorable.
Rogelio se frotó el entrecejo, casi riendo de la frustración. Le acarició suavemente el pelo.
—Está bien. Ya que intercedes por ellos, los perdonaré esta vez.
Los otros asuntos los resolvería más tarde. Ni siquiera Leonardo, siendo su hermano, había podido alejarla de su lado. Menos aún un extraño como Wilfredo.
Justo cuando llegaban a la puerta, Eva apareció con cara de pánico.
—¡Señor Lucero, ha venido el hermano de la señorita Carrillo!
—¡Dice que ha venido a llevársela!

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