Notó que ella jugaba con su celular, con una leve sonrisa dibujada en los labios. Parecía estar de buen humor.
—¿Por qué te gustan tanto los dulces de mango? —Rogelio le ofreció lo que traía en la mano, con un tono suave—. Toma, son todos para ti.
Los que había comprado en el centro comercial y los que trajo del Continente del Sur. Eran bastantes. Los había guardado en el coche, esperando un “encuentro casual” para agasajar a la joven.
Mirando la bolsa llena de dulces, la chica parpadeó confundida, tratando de adivinar las intenciones del hombre.
—La última vez me fui con prisa y no tuve tiempo de agradecerte, señorita Carrillo —dijo Rogelio, mirándola fijamente con un tono persuasivo—. Esto no es nada de valor.
—De acuerdo.
Aldana lo observó por unos segundos, arqueó una ceja y aceptó.
—Gracias, señor Lucero.
—De nada —respondió Rogelio, aprovechando para sacar su teléfono—. Agreguémonos a WhatsApp. Así, cuando se te acaben los dulces, puedo traerte más.
—¿En el futuro? —Aldana levantó la vista, y su mirada clara se encontró con el rostro bien definido del hombre.
*Vaya*, pensó. *Las “cosas” bellas son realmente un placer para la vista.*
Aldana abrió la pantalla para añadir contactos.
*Bip.* Agregado con éxito.
—Con cuidado en el camino.
Justo habían llegado a su destino. Rogelio la vio alejarse y no apartó la vista hasta que su figura desapareció.
—La señorita Carrillo parece estar de buen humor hoy —comentó Eliseo, bastante sorprendido. No le había lanzado ni una mala mirada al jefe.
Mirando el contacto de la chica en su WhatsApp, Rogelio esbozó una ligera sonrisa. Resulta que no era difícil contentar a la joven, solo había que encontrar la manera correcta.
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