El doctor se quedó sin palabras.
Era cierto.
Había realizado muchas cirugías de este tipo, y todas habían fracasado debido a la naturaleza fulminante de la condición.
Llevaba años investigando, pero nunca había podido encontrar la causa.
A menudo pensaba que si tan solo tuviera a una eminencia que lo guiara, quizás podría entenderlo.
Y ahora, el tono de esta jovencita sonaba tan seguro de que la cirugía sería un éxito...
Je.
Era tan absurdo que le daba risa.
—Si no eres mi asistente, haré que Rogelio te despida.
—Tú...
El rostro del doctor cambió ligeramente.
Era un hospital del Grupo Lucero. ¿Cuántos no darían lo que fuera por entrar? Él no quería que lo despidieran.
Quería hacer un berrinche, ¿no? Pues se lo concedería.
Ya vería con qué locura salía.
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En la entrada.
—¿Lista?
Rogelio miró al doctor que estaba detrás de ella y asintió con gran satisfacción.
—Es un excelente médico. Con su ayuda, podrás tomarlo con más calma.
Una craneotomía no era una cirugía menor. Podía durar desde unas pocas horas hasta varios días. Era imposible que ella pudiera soportarlo sola.
—¿Ya llegó Inés?
Aldana miró hacia las escaleras, frunciendo ligeramente el ceño.
Justo cuando terminó de hablar, Inés llegó corriendo con la mochila a la espalda y los ojos enrojecidos.
—Prima, ¿mi mamá está bien?
Acababa de salir de la escuela después de un examen cuando uno de los hombres del señor Lucero la encontró y le contó lo de su madre.
—Estará bien.
Aldana miró la hora. No había tiempo para explicaciones detalladas, así que fue breve.
—Tu mamá tuvo una hemorragia cerebral. Ningún médico aquí se atreve a operarla, pero su condición no puede esperar. Si no la operamos esta noche, podría...
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Inés, aterrorizada, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas—. Prima, no quiero que le pase nada a mi mamá.
—Claro.
Wilfredo levantó ligeramente la vista y sus ojos se encontraron con los de la joven, enrojecidos e hinchados por el llanto. Parecía un gatito asustado.
El hombre se quedó perplejo por un par de segundos, entrecerrando los ojos instintivamente antes de decir en voz baja:
—Yo la cuidaré.
Leonardo estaba mudo.
Demasiado solícito, pensó.
—
En el quirófano.
Aldana se puso ropa quirúrgica estéril y se sometió a una desinfección corporal completa.
Cada movimiento se ejecutó con precisión milimétrica, sin dejar el más mínimo defecto.
—Anestesista en posición. Coloca la camilla a mi derecha...
Los «doctores, maestros y médicos de renombre» reclutados para tareas menores esperaban con evidente renuencia.
Sus rostros sombríos parecían los de quienes asisten a una ejecución.
Era evidente que la despreciaban profundamente.

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