—¿Willy?
Aldana se quedó perpleja, incapaz de asociar a esas dos personas.
—Sí —asintió Leonardo—. La ha estado cuidando todo este tiempo. Y debo decir que… es bastante atento.
Aldana parpadeó y no hizo más preguntas.
*¿Qué estará tramando?*
— — —
Después de que Leonardo se fue, la habitación quedó en silencio.
Aldana, recostada en la cama, observaba a Rogelio usar la misma cuchara y los mismos cubiertos que ella para comerse sus sobras. La joven frunció los labios, sintiendo inexplicablemente cómo sus mejillas se sonrojaban.
Después de comer, Rogelio ajustó el respaldo de la cama, la cubrió con la manta y le dijo con voz suave:
—Duerme, estaré aquí a tu lado.
Estaba tan pálida que no tenía ni una pizca de color en el rostro. ¿Cómo había aguantado más de diez horas seguidas de cirugía?
—Mmm.
Aldana asintió y cerró los ojos, pero los abrió de nuevo unos minutos después. No podía dormir.
Entonces, la joven se movió hacia el interior de la cama y posó su mirada en Rogelio, con una intención más que evidente.
Rogelio sonrió. Se quitó la chaqueta, se acostó a su lado y extendió su brazo derecho.
Aldana rodó inmediatamente a sus brazos, apretando la mejilla contra su pecho. No tardó mucho en quedarse profundamente dormida.
—Niña terca.
Rogelio le acarició suavemente la mejilla con la punta de los dedos, sintiendo una punzada de dolor en el corazón. Pero lo que más le intrigaba era cómo una adolescente como Aldi había logrado realizar una cirugía que ni siquiera los médicos más experimentados podían hacer.
¿Bailarina? ¿Piloto de carreras? ¿Diseñadora de joyas? ¿Una eminencia médica?
¿Cuál de todas era la verdadera ella?
Su Aldi, ¿qué había vivido durante los últimos diez años?
— — —
Aldana no durmió mucho.
Inés chocó contra el pecho de Wilfredo, sintiendo un leve dolor en la frente.
—¿Estás bien?
Wilfredo nunca había tenido novia, y mucho menos un contacto tan cercano con una chica. Una extraña sensación recorrió su cuerpo.
—Estoy bien —Inés levantó lentamente la cabeza, frotándose la frente, y agradeció en voz baja—: Gracias, Wilfredo.
Dicho esto, se apartó rápidamente de sus brazos y corrió al lado de Aldana, abrazando su brazo con cariño.
—Prima, el doctor dice que mamá está muy estable. Después de superar las veinticuatro horas de observación, estará bien.
—Mmm.
Aldana le acarició la cabeza, pero su mirada se desvió hacia Wilfredo.
Wilfredo frunció los labios y desvió la mirada, sintiéndose culpable. Después de todo, él tenía veintiocho años e Inés, dieciocho.
Hacía poco, le había gritado a Rogelio, diciéndole algo como… Oh, sí. «Asaltacunas».
Bueno… más le valía no serlo él también.

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