Sin embargo, muy pocos sabían que su madre era la segunda esposa de David. Después de que la esposa de David falleciera, él se casó inmediatamente con la madre de Clara. A los tres meses, nació Clara. Quienes conocían la situación por dentro, entendían lo que había pasado.
Clara odiaba la palabra «amante», y temía que alguien se enterara de que ella también era hija de la mujer que había sido la otra. Por eso, cuando estaba de mal humor, se desquitaba con Inés. Cuanta más gente supiera que Inés era hija de una amante, más claro quedaría que ella era la verdadera señorita de la casa.
—Lo diré por última vez: mis padres no hicieron nada malo —Inés apretó su mochila y avanzó con furia—. Si dicen una palabra más, les romperé la boca.
Esos días no estaba de buen humor y necesitaba desahogarse con alguien.
—¡No te atrevas!
Clara no le tenía miedo. Era una pobretona que había entrado al Instituto de la Capital gracias a sus calificaciones. Mucha gente la despreciaba por vivir en un barrio pobre y no se le acercaban. Ahora, solo le quedaba una casa en ruinas y una madre enfermiza.
Si no hubiera estado fuera en un campamento de entrenamiento este semestre, ya la habría aplastado.
—Clara, creo que un profesor viene para acá —advirtió nerviosamente la chica del flequillo—. Deberíamos irnos.
—Ya me las pagarás —Clara señaló a Inés y se fue con el rostro serio.
—¡Clara!
Lucrecia frunció el ceño y corrió tras ella, consolándola en voz baja:
—Si Inés se atrevió a contestarte, es gracias a mi maravillosa hermanastra.
—¿Hermanastra?
Clara giró la cabeza, preguntando con curiosidad.
—Sí —Lucrecia forzó una sonrisa, con aire ofendido—. Se consiguió un novio rico y ahora se da unos aires que no veas. Y resulta que la madre de Inés es su tía.
—De tal palo, tal astilla. Ninguna es buena persona —resopló Clara con frialdad.
Lucrecia ya le había contado la historia de Aldana.
—Tengo que encontrar un momento para ponerla en su lugar —Clara apretó los puños, con una expresión feroz—. Si no, de verdad se creerá que por apellidarse Palma puede aspirar a tener algo que ver con nuestra familia.
—¿Por qué tienes los ojos rojos? —Su repentina disculpa hizo que Wilfredo se sintiera incómodo. Hizo una pausa y suavizó el tono—: ¿Pasó algo?
No parecía estar bien.
—No es nada.
Inés negó con la cabeza. No sabía cómo hablar de esas cosas. Total, toda la capital estaba convencida de que su madre era una amante y ella, la hija de la amante.
—Mmm —Wilfredo frunció el ceño; no parecía que no fuera nada, pero no la presionó—. Aldi te está esperando en la entrada. Tú…
—¿Mi prima está aquí?
Al oírlo, Inés recogió su mochila de inmediato y caminó rápidamente hacia adelante, sin prestarle la más mínima atención.
Wilfredo estaba mudo.

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