—¿Qué ídolo? —preguntó Aldana, con la mente puesta solo en la comida, sin haber escuchado bien a Tania.
—El ídolo nacional, una estrella de la música, el cine y la televisión. Un galardonado y acaudalado actor —respondió Tania, olvidándose de su propia comida al hablar de él—. Aldana, ¡no me digas que no sabes quién es!
—No, ni idea —dijo Aldana con indiferencia, tomando un sorbo de agua.
La mayor parte del tiempo lo había pasado con su abuelo en un convento, y cuando volvía a la capital, se la pasaba en laboratorios y lugares similares. Nunca le había prestado atención a esas cosas.
—Déjame enseñarte.
Tania sacó rápidamente su teléfono, abrió Instagram y buscó la cuenta de Leonardo Valencia. La foto fijada en su perfil era un retrato suyo.
—Aldana, ¿a que sí se parece un poco a ti?
Al ver la foto del hombre joven y apuesto, pero de expresión seria, los dedos de Aldana que sostenían el tenedor se tensaron. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
*Vaya*, pensó. *Sí que se parece un poco.*
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En la Alameda, Aldana ayudaba a Serena a empacar. El departamento en el centro de la ciudad ya estaba listo, solo faltaban los últimos retoques de decoración y que se ventilara. En una semana, podrían mudarse.
—Tía… —Aldana dejó una caja en un rincón y, pensando en el hombre que había visto en internet, preguntó con cierta vacilación—: Cuando me rescataste, ¿viste a mi familia?
—¿Ah? —Serena se detuvo. Su sonrisa se desvaneció y una sombra de pánico cruzó por sus ojos—. Aldi, tú…
—Tía, lo he sabido desde el principio —dijo Aldana con una sonrisa tranquilizadora, su rostro delicado y pálido bañado por una luz suave.
Había pensado que, tras la muerte de su abuelo, se quedaría sola en la capital. La llegada de Serena e Inés había sido un regalo por el que estaba inmensamente agradecida.
—Sí, vi a tu familia —confesó Serena, secándose las lágrimas. Sus ojos enrojecidos se llenaron de dolor—. En ese entonces, yo iba en un barco pesquero cuando nos encontramos con el naufragio del barco de tus padres.
»En medio de la tormenta, tus padres lucharon con todas sus fuerzas para llevarte hasta mi bote y me suplicaron que te cuidara bien, pero…
El recuerdo era demasiado doloroso para Serena. Su voz se quebró y el llanto la embargó, llena de culpa.
—Ya pasó —la consoló Aldana, dándole una suave palmada en la mano.



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