No importaba a qué hora se despertara de su siesta, siempre lo encontraba en el escritorio, ocupándose de sus asuntos.
Pero hoy, para su sorpresa, no estaba allí.
Aldana frunció el ceño, abrió su teléfono y vio la pila de mensajes de Sombra.
Aldana ya estaba de mal humor. Al ver esa interminable lista de mensajes y las innumerables notas de voz de más de 60 segundos...
simplemente cambió el nombre de Sombra a «El Fastidioso».
Aldana: [Tú eliges el lugar.]
Bueno, qué más da. Tenía que dejar que lo viera, o la seguiría acosando todos los días.
Aldana: [Pero compórtate.]
Sombra: [Me portaré bien, por piedad.]
Pronto,
Aldana recibió un mensaje de Sombra con la ubicación: un hotel de siete estrellas.
Para ser exactos, el restaurante de alta cocina del hotel.
Le encantaba la comida de ese restaurante.
Guardó la dirección.
Y confirmó la hora.
Aldana se puso un abrigo y bajó las escaleras.
No había nadie en la cocina.
No había nadie en la sala.
No había nadie en ninguna parte.
—Srta. Carrillo, ya despertó —dijo Eva, que acababa de llegar de hacer la compra, con una sonrisa—. El Sr. Lucero tuvo que volver a la empresa por un asunto urgente.
—Ah.
La última esperanza de Aldana de encontrarlo en la sala se desvaneció, y se desplomó en el sofá como una muñeca de trapo.
Sombra la había citado a las seis.
Faltaba menos de una hora.
Como no encontraba a Rogelio, Aldana no tuvo más remedio que abrir su teléfono.
Su chat estaba fijado en la parte superior.
*¿Se va a la empresa y no le dice nada?*
*¿Ni siquiera un mensaje?*
Últimamente estaba muy raro, se enojaba por cualquier cosa.
¿Por qué los hombres eran tan difíciles de entender?
*¿Qué amigo?*
¿Qué amigo podía tener Aldi que él no conociera?
No sería Sombra, ¿verdad?
Al recordar los mensajes que Sombra le había enviado a Aldi, Rogelio apretó los puños involuntariamente, y sus ojos se inyectaron en sangre de una manera aterradora.
¿Acaso Aldi quería aclarar las cosas con él?
Rogelio: [Envíame la dirección.]
Fuera quien fuera, tenía que ir a verlo en persona.
Si realmente era Sombra... Rogelio se pellizcó el puente de la nariz. Sentía como si una placa de hierro le oprimiera el pecho, casi impidiéndole respirar.
—Iván.
—Jefe —Iván y Eliseo abrieron la puerta juntos, con la lengua trabada—. ¿Q-qué se le ofrece?
Nunca habían visto al jefe con una cara tan terrible.
—Aldi quiere que conozca a alguien —Rogelio se levantó y salió a grandes zancadas, con el rostro impasible—. Llama a la tienda departamental y diles que preparen varios conjuntos. Voy para allá a probármelos ahora mismo.
¿Ah? ¿A quién iba a ver el jefe para que se preparara con tanta ceremonia?
Los hermanos intercambiaron una mirada y, de repente, lo comprendieron.
¿No sería el amigo de la infancia con el que la Srta. Carrillo había dormido en la misma cama durante más de diez años?

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