—El señor Rogelio ha vuelto —anunció el mayordomo en medio de la conversación.
—Abuelos, Paolo —saludó Rogelio respetuosamente, con una leve sonrisa en los labios, habiendo escuchado toda la conversación anterior.
—¡Cuánto tiempo sin verte, Rogelio! Cada vez te ves más maduro —dijo Paolo, observándolo detenidamente, y luego preguntó con cautela—: ¿Tienes novia? Si no, te presento a alguien.
Siempre había pensado que nadie en el mundo era digno de su amable, encantadora y talentosa maestra.
Pero al ver a Rogelio hoy…
No podía negar que tenían un aire de pareja.
—¿Ah, sí? —preguntó Rogelio, sentándose y levantando la vista con curiosidad.
—Mi maestra —comenzó a elogiar Paolo sin parar—. Me atrevo a decir que en todo el Continente del Norte no hay nadie que se compare a su belleza. Y lo más importante, tiene un gran corazón y unas habilidades médicas excepcionales.
—¿Tu maestra? —inquirió Rogelio, entrecerrando los ojos y con una ligera sonrisa en sus delgados labios. Su voz grave tenía un matiz de diversión.
«Maestra… ¿No es esa pequeña, Aldi?», pensó.
—Sí —dijo Paolo, inclinándose hacia adelante, insistiendo—. Mi maestra, por ser tan buena en medicina y tener un carácter tan… íntegro, suele ofender a la gente. Pensándolo bien, en todo el Continente del Norte, solo tú podrías protegerla.
Al hablar de su maestra, Paolo no podía ocultar su preocupación.
Estaba tan sola, sin nadie de confianza a su lado.
Le dolía verla así.
Y lo más importante… Rogelio tenía dinero.
Si lograba que Rogelio y su maestra se hicieran pareja, tendría una buena excusa para que la familia Lucero pagara por todo el equipo que ella había roto en un ataque de ira.
«Jajaja. Soy un genio», pensó.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector