La chica estaba enfadada.
Se quedó en silencio, dejando que él adivinara.
—¿Te estás divirtiendo en casa de tus hermanos? —Rogelio, por supuesto, adivinó lo que pensaba la joven. Una risa grave y cariñosa escapó de su garganta—. No quería molestar en su reunión familiar, por eso no te contacté durante el día.
—Ah.
Aldana respondió con un murmullo apagado y acercó su rostro a la cámara para poder verlo mejor. —Mis hermanos son muy buenos.
Eran muy buenos con ella.
Allí se sentía como en casa.
—¿Estás contenta? —volvió a preguntar Rogelio.
—Sí, estoy contenta.
En eso, Aldana no mentía. Estaba contenta, pero inevitablemente sentía un vacío.
—Me alegro.
Al oírla decir eso, Rogelio se sintió aliviado y le dijo en voz baja: —Es tarde, descansa. Mañana te llamo de nuevo, ¿de acuerdo?
Justo cuando terminaba de hablar, se oyó la voz de Iván: —Jefe, la videoconferencia internacional comenzará en cinco minutos.
—Voy a colgar.
Aldana, para no interrumpir su trabajo, colgó la llamada sin más.
En ese momento, llamaron a la puerta y Eva entró con una pequeña caja.
—Disculpe, Srta. Carrillo, el Sr. Lucero me dio esto para usted y se me olvidó dárselo.
Aldana la abrió y encontró dentro caramelos de varios colores y sabores.
Su ánimo decaído mejoró al instante.
Pero lo que Aldana no esperaba era que esa noche tuviera insomnio.
Por primera vez en su vida, pasó la noche en vela, desde el anochecer hasta el amanecer.
No fue hasta que Eva la llamó para desayunar que se dio cuenta.
Miró la hora: las ocho de la mañana.
Había estado nueve horas sin dormir.
Ni siquiera sus caramelos favoritos habían funcionado.
Al pensar que podría volver a tener insomnio, su humor se agrió.
***

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