—Aldana Carrillo... —El profesor del departamento de admisiones de la Universidad Progresista intentó ofrecerle un trato irrechazable por teléfono para dejar fuera de juego a la Universidad de la capital.
Pero quién lo hubiera pensado.
—Los profesores de la Universidad de la capital me llamaron seis minutos antes que ustedes —los interrumpió Aldana en voz baja, con un tono pausado—. Si siguen perdiendo el tiempo, puede que de verdad sea demasiado tarde.
*Tu, tu, tu...*
Justo después de que terminara de hablar, se escuchó el tono de llamada finalizada en el teléfono.
Aldana colgó y, cuando se disponía a seguir comiendo, se dio cuenta de que los cuatro la miraban fijamente.
—¿Qué? —Aldana enarcó una ceja y sonrió con pereza y naturalidad—. ¿Tengo algo malo?
—No.
Los cuatro negaron con la cabeza al unísono, con una sincronización perfecta.
Ella no tenía ningún problema. Los que tenían un problema eran ellos. El mismo cerebro, pero qué diferencia tan grande.
—Coman —dijo Elena, animando a los demás a comer, con una leve sonrisa en los labios—. Dentro de poco habrá un buen espectáculo.
Todos sabían perfectamente a qué se refería con [buen espectáculo].
***
Media hora después, la puerta de la cafetería se abrió.
Varios hombres vestidos con traje y corbata, y con maletines en la mano, entraron a toda prisa.
*Clic, clic, clic...*
Al ver a los profesores del [Programa de Genios] de la Universidad de la capital, los periodistas que esperaban se levantaron de un salto, cogieron sus equipos y empezaron a sacarles fotos a ellos y a Lucrecia sin parar.
Los profesores del departamento de admisiones se quedaron casi ciegos por los flashes repentinos. Además, el sonido de los obturadores, como una ráfaga de ametralladora, sumado a que ya venían a toda velocidad, los dejó momentáneamente aturdidos.
—Señores profesores, por fin han llegado. —El periodista de la revista *Tiempos*, más rápido que un galgo, se hizo con un buen sitio y, levantando su cámara, dijo emocionado—: La persona que buscan está aquí.
—Gracias, profesores, es un honor para mí.
Lucrecia levantó la cabeza, con una sonrisa tímida pero orgullosa en el rostro. Eran los profesores del Programa de Genios. ¿Qué había hecho para merecer tal honor? ¡Ni se le ocurriría poner condiciones!
—Si la Universidad de la capital puede tener a una estudiante tan excelente como tú, el honor será nuestro. —Los profesores de admisiones agitaron las manos, visiblemente emocionados—. Todavía no he visto en persona a una número uno con una puntuación perfecta en todas las asignaturas.
Los número uno con puntuación perfecta se podían contar con los dedos de una mano a lo largo de la historia. El último había sido el actual director ejecutivo del Grupo Lucero... Rogelio.
[¿Pun... puntuación perfecta?].
Al oír esas palabras, Lucrecia se sintió aún más confundida. No parecía real. Había revisado sus respuestas y sabía que tenía varios errores... ¿Cómo podía ser la número uno con una puntuación perfecta? ¿Sería que las respuestas oficiales estaban equivocadas?
El periodista, con su cámara en mano, transmitía en vivo.
[¡Madre mía! ¡Lucrecia no solo es la número uno, sino que además tiene una puntuación perfecta!]
[¿Puede ser falso? Es una transmisión en vivo. Los profesores del [Programa de Genios] entraron por la puerta y fueron directos hacia ella, temiendo que los de la Universidad Progresista se la arrebataran.]

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