Andrea y el director de estudios nunca se habían enfrentado a una multitud tan «entusiasta», y retrocedían asustados.
Sus rostros parecían decir: «¡No te me acerques!».
—Hoy es solo la conferencia de prensa de Aldana Carrillo. El Instituto Altamira no aceptará más preguntas por ahora —dijo Andrea, aferrándose a la cordura que le quedaba, con una sonrisa forzada y hablando con dificultad—. En cuanto a sus preguntas, la escuela las recopilará y las publicará en nuestra cuenta oficial.
Antes, mencionar el «Instituto Altamira» solía provocar burlas y desprecio.
La propia Andrea no era respetada por los profesores de otras escuelas.
Esta escena parecía un sueño.
Después de calmar a la agitada multitud, Andrea y los demás profesores, escoltados por la seguridad, abandonaron rápidamente el patio.
Prácticamente llegaron a la oficina a trompicones.
Todos se pararon junto a la ventana, observando a la multitud que aún no se había dispersado, todavía conmocionados.
Esto no parecía una «conferencia de aclaración», sino más bien una reunión de fans del Instituto Altamira.
Antes, todos criticaban al Instituto Altamira. Ahora que la verdad había salido a la luz, todos querían entrar.
Era aterrador.
—Rectora Andrea... —dijo el director de estudios, secándose el sudor de la frente con una toalla mientras observaba la escena—. Parece que hay muchísima gente que quiere inscribirse en nuestra escuela, ¿qué vamos a hacer?
No solo eran los padres presentes; la oficina de admisiones había informado que los teléfonos no dejaban de sonar con consultas sobre la inscripción.
—Este año, nuestra escuela no solo tuvo a la alumna con el puntaje perfecto del país, sino que también formó a Elena Altuno y a otros veinte estudiantes que ingresaron a universidades de prestigio —comentó emocionado un profesor que estaba a su lado—. Con estos resultados, nos posicionamos entre los mejores de toda la capital, incluso a la par del Instituto de la Capital.
Había que recordar que los estudiantes del Instituto de la Capital provenían de todas partes y ya eran excelentes.
Sus buenos resultados eran algo esperado, miel sobre hojuelas.
El Instituto Altamira, en cambio, era diferente.
La mayoría de los estudiantes que admitían eran aquellos que no habían logrado entrar en escuelas públicas, los llamados «estudiantes problema» con «malas calificaciones».
Después de tres años de esfuerzo, pasaron de tener un bajo rendimiento académico a ser admitidos en la universidad, e incluso en universidades de renombre.
Esto demostraba que la calidad de la enseñanza en el Instituto Altamira era excelente.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector