—Y tu primita, ¿cuántos años tiene? —preguntó Sombra con una sonrisa pícara.
Alda le había contado lo que había pasado hacía un tiempo.
La familia Palma tenía una fortuna de cientos de millones.
Que una jovencita la rechazara sin más demostraba que tenía agallas.
Definitivamente, era digna de ser la prima de Alda.
Le caía bien.
—Pronto cumpliré dieciocho —respondió Inés. Era la primera vez que veía a Sombra y, al notar su sonrisa coqueta, no pudo evitar sonrojarse un poco.
—Así que eres una pequeñina —dijo Sombra, extendiendo la mano con una sonrisa bastante descarada—. Hola, me llamo Sombra. Puedes llamarme... tu protector.
Wilfredo, que se había quedado sin palabras, frunció el ceño cada vez más. Finalmente, se acercó para interrumpir la conversación.
—Inés, ayúdame con algo.
—Claro.
Inés se levantó de inmediato, asintió cortésmente y siguió a Wilfredo a paso ligero.
Mientras se alejaban, Wilfredo se giraba a cada tanto para lanzarle una mirada gélida a Sombra.
Sombra no entendía qué pasaba.
Entornó los ojos y, de repente, comprendió.
«Vaya...»
«De tal palo, tal astilla. A todos en esa familia les gustan las jovencitas».
Sombra, que se quedó mudo por un momento, arqueó una ceja con aire de suficiencia. Al desviar la mirada, se encontró inesperadamente con los ojos de Leonardo.
Las sonrisas de ambos se desvanecieron al instante, y el desprecio en sus miradas era más que evidente.
Ninguno de los dos soportaba al otro.
Aldana, que estaba a un lado comiendo unas papitas, desvió su atención de Wilfredo e Inés hacia Leonardo y Sombra.
«¿Será mi imaginación?»
«¿O es que Leonardo y Sombra también se traen algo raro?»
***
A las siete de la noche, la fiesta de cumpleaños comenzó oficialmente.
Rogelio nunca celebraba su cumpleaños; todo este montaje era solo para declararle su amor.
—Rogelio, ¡pide un deseo ya! —le apuró Héctor en cuanto Rogelio terminó de dar unas breves palabras. Sabía que tenía que mover las cosas—. Dicen que los deseos de cumpleaños se cumplen más, así que pide uno.
«Este cabeza hueca de Héctor, ¿no podría haber inventado algo con más lógica?»
—Pide tres deseos —intervino Leonardo, incapaz de seguir viendo la escena—. Solo puedes decir uno en voz alta.
—De acuerdo.
Rogelio cerró los ojos por unos segundos y, al terminar, su mirada se posó en Aldana.
—Antes de pedir mi tercer deseo, hay algo que quiero darle a Aldi.
Sombra e Inés, sin entender, miraron instintivamente a Aldana.
Justo en ese momento, Iván y Eliseo entraron cargando dos cajas fuertes que contenían todos los certificados de propiedad de Rogelio.
Incluidas sus acciones en el Grupo Lucero.
El valor era incalculable.
Pero, además de todo eso, en la parte superior, un documento destacaba por encima de los demás: el «Plan de Transferencia de Propiedad».
Aldana, que se quedó sin palabras, se metió un caramelo en la boca y entrecerró los ojos al ver aquellos documentos.
«Vaya...»
«Creo que ya sé lo que Rogelio está tramando».

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