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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1720

Gilda lo fulminó con la mirada, dándose cuenta de que este hombre, desde que tenía el título oficial de novio, no solo había aprendido a tomarse atribuciones y decidir por ella, sino que ahora también se atrevía a amenazarla.

—Te lo advierto...

Gilda no había terminado de hablar cuando Héctor la interrumpió:

—Viene alguien.

Gilda cerró los ojos de inmediato y tiró de la chaqueta de Héctor para cubrirse el rostro.

Así nadie podría reconocerla.

Al segundo siguiente.

Un empleado que pasaba por ahí habló de repente:

—Entrenadora Gilda, ¿se siente mal?

Gilda no habló.

—Un poco —respondió Héctor por ella—. Les encargo el estudio por hoy, me la llevaré a casa para que descanse.

—Sin problemas, sin problemas —el empleado sonrió amablemente.

Aunque no habían hecho un anuncio oficial, el romance entre ellos ya era un secreto a voces dentro del estudio.

Cuando lo escucharon por primera vez, muchos dudaron de que el rumor fuera cierto.

Después de todo...

Todos pensaban que en este mundo no existía nadie capaz de conquistar a la entrenadora Gilda.

Quién iba a imaginar que habría alguien con las agallas suficientes para lograrlo.

Además, Gilda siempre había sido muy sincera con su equipo y ofrecía excelentes beneficios laborales, ganándose el corazón de sus empleados.

Todos deseaban verla feliz.

Y vaya sorpresa.

Una relación con un hombre menor.

Cuando Gilda decidía apostar en algo, apostaba en grande.

Gilda extendió la mano desde debajo de la chaqueta, pellizcó a Héctor en la cintura y murmuró apresuradamente:

—Cállate ya.

—De acuerdo.

Héctor sonrió en lugar de molestarse, la llevó hasta el estacionamiento y la acomodó suavemente en el asiento del copiloto.

Apenas le quitó la chaqueta de encima, Gilda ya tenía el puño listo para golpearlo.

Pero como no se sentía bien y le faltaban fuerzas, Héctor fue más rápido, le atrapó la mano con perfección y sonrió con total descaro:

—Si te sientes mal, no hagas esfuerzos. Vámonos a casa, ¿sí?

—Mejor deberías ser mudo.

Gilda lo miró fijamente por unos segundos y de pronto retiró la mano. Su estómago se contrajo por un espasmo y solo pudo encogerse en el asiento.

—Date prisa y arranca de una vez.

—Enseguida.

Héctor asintió y, antes de acomodarse en el asiento del conductor, le alborotó el cabello con cariño.

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