—¿Qué dijiste...?
La sonrisa desapareció por completo del rostro de Héctor y sus ojos se volvieron tan fríos como el hielo.
—La mujer que te gusta es Gilda, ¿verdad? —gritó Elvia Lucero con voz histérica—. La última vez que fui a buscarla, se hizo la desentendida, qué buena actriz resultó ser.
—Esto no tiene nada que ver con ella, no te permito que hables así de ella.
Héctor miró de reojo la puerta del baño, intentando mantener la calma, aunque su voz sonaba ronca.
—Voy para allá ahora mismo.
[Bip, bip...]
Elvia colgó el teléfono de golpe y se dejó caer en el sofá, jadeando pesadamente.
—Señora Elvia... —Al ver el mal semblante de la mujer, Alondra Valeriano se sintió sumamente satisfecha, aunque por fuera no dejó entrever nada y fingió una expresión de tristeza—. Creo que es mejor que me vaya. Si Héctor se entera de que yo le conté todo, seguro se enojará mucho conmigo.
—Sí, sí, sí. Es mejor que te vayas —Elvia le palmeó la mano a Alondra y forzó una sonrisa—. En cuanto resuelva este asunto, haré que Héctor vuelva a tu lado.
—Sí —asintió Alondra, pero antes de irse no pudo evitar lanzar veneno—: Señora, esa tal Gilda es muy astuta. Ha logrado que Héctor esté dispuesto a ser su sirviente personal.
—Tiene que tener cuidado con lo que dice, no vaya a hacerla enojar.
Al escuchar eso, la furia de Elvia se encendió aún más.
Su hijo, a quien crió desde pequeño, jamás le había servido ni siquiera un plato de sopa.
Y ahora estaba afuera, de sirviente de otra mujer.
Ese hijo malagradecido.
Alondra alzó una ceja, riendo para sus adentros.
Dejar que la Señora Lucero hiciera el trabajo sucio era mucho mejor que mancharse las manos ella misma.
Solo tenía que esperar a que se deshicieran de esa solterona para poder acercarse y ganarse el corazón de Héctor.
Después de todo, los hombres... se enamoran de la primera que ven, ¿acaso existe el amor verdadero para ellos?
***
Cuando Gilda logró calmarse, abrió la puerta del baño y vio a Héctor esperándola afuera, con sus pantuflas en la mano.
Sin decir una palabra, se arrodilló sobre una pierna, le sujetó suavemente el tobillo y le deslizó el calzado en el pie.
—Tengo que ir a casa a arreglar un asunto —dijo Héctor al levantarse, inclinando un poco la cabeza para hablar con Gilda—. La cena está lista y servida en la mesa. Come tranquila y no te preocupes por recoger nada, yo lo haré cuando vuelva.
Al ver su expresión seria, Gilda frunció el ceño y preguntó:
Gilda miró por la ventana.
El cielo estaba oscuro, el viento aullaba y se notaba que estaba a punto de caer una tormenta.
Gilda se sentó a la mesa del comedor.
Miró la gran variedad de platos deliciosos. Probó un par de bocados, pero sintió que el sabor era un poco extraño.
Y eso que había comido esos mismos platos antes.
«Tal vez sea porque no me siento bien», pensó.
Tras comer un poco más, dejó los cubiertos a un lado en silencio y observó la sala vacía.
Desde que Héctor se había mudado con ella, la casa estaba llena de vida y ruido todos los días.
Ahora que se había ido de repente, toda esa alegría había desaparecido.
Todavía no se acostumbraba a su ausencia.
Héctor...
Gilda apoyó la barbilla en sus manos y se quedó mirando las gotas de lluvia que caían al otro lado de la ventana.

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