Al despertar, ya estaba atardeciendo.
La luz cálida y tenue iluminaba la habitación. Gilda se movió un poco y notó que tenía algo calientito pegado al vientre.
Un parche térmico.
A medias, recordó que Héctor le había hablado, le había dado alguna medicina y le había puesto eso. Como estaba profundamente dormida y la sensación era tan reconfortante, pensó que había sido un sueño.
Giró la cabeza y vio a Héctor sentado en el balcón.
Llevaba una camiseta negra de manga corta y unos jeans ligeramente remangados que dejaban a la vista sus delgados tobillos. Parecía estar haciendo algo con las manos.
Al agudizar la vista, se dio cuenta de que estaba pelando uvas.
Después de haber dormido, a Gilda ya no le dolía tanto el vientre y había recuperado bastante energía.
Se destapó, se levantó de la cama y caminó descalza hacia el balcón.
—¿Ya despertaste? —Héctor le dedicó una sonrisa, pero esta se desvaneció poco a poco al notar sus pies descalzos.
Sin embargo, no la regañó. Simplemente se levantó y la tomó en brazos.
—¿Qué haces? —Gilda instintivamente se aferró a su cuello y forcejeó un poco—. Bájame.
No era una niña de tres años, ¿por qué tenía que cargarla a cada rato?
—Está bien. —Héctor obedeció y la bajó, pero la sentó directamente sobre sus piernas.
Él se acomodó en la silla y Gilda quedó sentada sobre él.
—Tú...
—Me aprovecho, lo admito —confesó Héctor, asumiendo la culpa de inmediato—. Solo hay una silla, así que esta es la mejor solución.
De ese modo, ambos podían estar sentados.
—Siéntate tú solo —Gilda le lanzó una mirada fulminante e hizo el amago de levantarse.
—No te muevas más —Héctor la sostuvo por la cintura, levantando la barbilla. En medio de la noche profunda, sus ojos brillaban con una intensidad inusual.
Al percibir algo fuera de lo común, una pizca de incomodidad cruzó el rostro de Gilda.
Era la primera vez que se enfrentaba a una situación así, y la verdad es que no se atrevió a moverse ni un milímetro más.
Con voz ligeramente ronca, Héctor dijo:
—Aldi te trajo estas uvas. Ya les quité la cáscara, pruébalas.
—¿Vino Aldi?
—Vino a traerte medicina para los cólicos menstruales —respondió él.
—Ah.
Gilda no se esperaba que Héctor fuera a hablar de eso con Aldana con tanta naturalidad. Después de todo, a muchos hombres les daba vergüenza mencionar esos temas.

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