—A partir de ahora, tanto tu dinero como tú son míos.
Al escuchar la declaración autoritaria de la joven, una sonrisa se dibujó en los labios del hombre. Su apuesto rostro se iluminó con una expresión de incredulidad y alegría, y con voz ronca, respondió:
—Sí, todo es tuyo, y siempre será solo tuyo.
—Ah.
Aldana sintió un vuelco en el corazón, parpadeó y, tratando de mantener la calma, preguntó:
—¿No hay nada más, verdad?
—¿Eh? —Rogelio, todavía inmerso en la felicidad del momento, la miró confundido.
—Hiciste todo este alboroto solo para declararte, ¿no? —dijo Aldana, encontrándose con su mirada profunda. Levantó una ceja y entreabrió los labios—. Ya acepté tu dinero y a ti, así que esto ya se acabó, ¿no?
—Sí —respondió Rogelio, bajando la vista. Al ver el brillo de las luces reflejado en los ojos de la joven, sintió que su corazón se derretía—. Solo tienes que firmar estos documentos.
Solo con su firma, el acuerdo de transferencia se haría efectivo.
Y solo entonces él se convertiría verdaderamente en su hombre.
—¿Tantos? —Aldana miró la pila de papeles y se le fue la paciencia. Frunció los labios con disgusto—. Lo haré cuando tenga tiempo. Ahora, vamos a cortar el pastel.
Dicho esto, la joven ignoró los miles de folios del acuerdo, pasó a su lado y se inclinó para examinar el pastel con atención, sus ojos brillando de emoción.
—¿De qué sabor es este pastel? ¿Tiene relleno de fruta? Se ve delicioso.
Los demás se quedaron boquiabiertos.
¿ De verdad un dineral no le movía tanto como un pastel?
Con ese nivel para leer el ambiente, era un milagro que Rogelio la hubiera enamorado.
Rogelio sonrió con resignación y finalmente guardó los documentos en un cajón.
Se acercó a ella y le preguntó con cariño:
—¿Qué trozo quieres?
—Este de aquí —respondió Aldana, señalando un área con el dedo, sin apartar la vista del chocolate que lo cubría.
—Cortémoslo juntos, ¿quieres? —dijo Rogelio, colocando el cuchillo en la mano de Aldana y cubriéndola con la suya. Su voz era suave y seductora.
Aldana giró la cabeza y lo tuvo tan cerca que se le olvidó hasta cómo respirar; esa ternura le pegó directo en el pecho.


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