Si ella había sido enviada por alguien, seguramente sabía quién era su cliente.
Y si iba a encargarse del asunto, lo mejor era hacerlo de una vez por todas. No quería que su pequeña sufriera ninguna amenaza.
—Sí, jefe.
Iván asintió con una actitud muy respetuosa.
—Eliseo y yo nos encargaremos de inmediato. Le garantizo que capturaremos a Gilda en dos días.
—Cancela todas las reuniones de la tarde...
Al saber que su chica había estado a punto de sufrir un accidente, Rogelio ya no tenía ganas de trabajar.
Terminó el contrato que tenía entre manos y condujo directamente al restaurante donde Aldana se había reunido con sus amigos.
Para no molestar a los jóvenes, tuvo el buen juicio de no entrar.
Simplemente encontró un lugar desde donde pudiera verla y esperó en silencio durante tres horas.
No se fue hasta que la reunión terminó.
—Jefe, ya que estaba aquí, ¿por qué no recogió a la señorita Carrillo para volver juntos? —preguntó Iván con cautela, aferrado al volante.
—Aldi dijo que no viniera a recogerla —respondió Rogelio, recostado en el asiento—. Si desobedezco sus órdenes, la pequeña se enfadará.
Iván no se atrevió a responder. Se frotó la nariz y pensó con admiración:
«¡El jefe sí que obedece a la señorita Carrillo! ¡Parece que ya está claro quién lleva los pantalones en casa! ¡Más nos vale tenerlo en cuenta! ».
***
Esa noche, Leonardo aterrizó en el aeropuerto y, como todavía tenía algunos asuntos pendientes, fue directamente a su estudio.
Justo cuando abrió la puerta, una figura apareció de repente detrás de él y una voz grave resonó:
—¡No te muevas!
¿Una chica?

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