Si ella había sido enviada por alguien, seguramente sabía quién era su cliente.
Y si iba a encargarse del asunto, lo mejor era hacerlo de una vez por todas. No quería que su pequeña sufriera ninguna amenaza.
—Sí, jefe.
Iván asintió con una actitud muy respetuosa.
—Eliseo y yo nos encargaremos de inmediato. Le garantizo que capturaremos a Gilda en dos días.
—Cancela todas las reuniones de la tarde...
Al saber que su chica había estado a punto de sufrir un accidente, Rogelio ya no tenía ganas de trabajar.
Terminó el contrato que tenía entre manos y condujo directamente al restaurante donde Aldana se había reunido con sus amigos.
Para no molestar a los jóvenes, tuvo el buen juicio de no entrar.
Simplemente encontró un lugar desde donde pudiera verla y esperó en silencio durante tres horas.
No se fue hasta que la reunión terminó.
—Jefe, ya que estaba aquí, ¿por qué no recogió a la señorita Carrillo para volver juntos? —preguntó Iván con cautela, aferrado al volante.
—Aldi dijo que no viniera a recogerla —respondió Rogelio, recostado en el asiento—. Si desobedezco sus órdenes, la pequeña se enfadará.
Iván no se atrevió a responder. Se frotó la nariz y pensó con admiración:
«¡El jefe sí que obedece a la señorita Carrillo! ¡Parece que ya está claro quién lleva los pantalones en casa! ¡Más nos vale tenerlo en cuenta! ».
***
Esa noche, Leonardo aterrizó en el aeropuerto y, como todavía tenía algunos asuntos pendientes, fue directamente a su estudio.
Justo cuando abrió la puerta, una figura apareció de repente detrás de él y una voz grave resonó:
—¡No te muevas!
¿Una chica?
—¿Tiene tres hermanas mayores? —preguntó Gilda con voz fría, sin atreverse a demorarse demasiado—. Todas desaparecieron hace quince años.
Al oír esto, el cuerpo de Leonardo se tensó ligeramente y algo explotó en su cabeza.
¿Cómo sabía ella lo de hace quince años?
A menos que...
—Ahora sospecho que Aldana es mi hermana y que ustedes y yo tenemos un lazo de sangre —dijo la mujer, sacando una pequeña bolsa de su bolsillo y poniéndola sobre la mesa. Su voz era seria—: Mi identidad es especial. No puedo quedarme mucho tiempo hasta que se confirme nuestro parentesco.
»Aquí tienes mi cabello, puedes llevarlo a analizar. Pero por tu seguridad y la de Aldana, el análisis debe ser confidencial.
»Yo también tomaré un mechón de tu cabello. Los resultados estarán listos mañana, como muy tarde.
—¡Ay! —mientras hablaba, Leonardo sintió un pinchazo en la cabeza y protestó con fastidio—: ¿No podías avisar antes de arrancármelo?
—Lo siento —dijo Gilda con una sonrisa despreocupada—. Estoy acostumbrada a matar, a veces se me va la mano.
Leonardo se quedó mudo.

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