Actuaba de forma muy sospechosa. Seguro que estaba buscando el momento oportuno para atacar.
—¿Están listos los hombres que te encargué? —preguntó Rogelio, apretando el teléfono con fuerza. Sus ojos estaban ensombrecidos, tan oscuros como si estuvieran cubiertos por una gruesa capa de hielo.
—Listos —respondió Eliseo respetuosamente—. Todos son de la élite de la Alianza del Cracker. Le aseguro que Gilda no saldrá de aquí con vida.
—No la pierdan de vista —ordenó Rogelio con voz ronca, volviendo la mirada hacia el rostro tranquilo de Aldana—. Cuando encuentren el momento y el lugar adecuados, encárguense de ella.
—Entendido, jefe —respondió Eliseo y, antes de colgar, preguntó con cautela—: ¿Deberíamos informar a la señorita Carrillo?
—... No es necesario.
Rogelio lo pensó un momento y se negó, diciendo con voz grave:
—Aldi empieza las clases hoy. No quiero que otras cosas la preocupen.
Además... ¿no estaba él para eso?
¡Un hombre que no puede proteger a su mujer es un inútil!
***
Después del desayuno, Rogelio pensaba llevar a Aldana a la universidad, pero justo recibió una llamada de Wilfredo.
—Justo tengo que hacer unas cosas cerca de la Universidad de la Capital, así que de paso las llevo a las dos.
¿A las dos?
Rogelio se quedó perplejo un par de segundos, pero reaccionó rápidamente. Estaba claro que tenía otras intenciones.
—Vale —asintió Aldana con indiferencia, levantando ligeramente la mirada y diciendo con pereza—: Iré con Inés.
—Bien.
Rogelio le entregó la mochila a Wilfredo y los acompañó hasta la planta baja con expresión seria:
—Conduce con cuidado.
Wilfredo lo miró con extrañeza, sintiéndose insultado, y recalcó con aire ofendido:
—Soy tricampeón internacional de carreras, ¿y todavía no confías en mí?


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