El cuerpo de Lucrecia se tambaleó y su rostro adquirió un tono mortal. Su voz temblaba violentamente.
—Sí.
Justino lo admitió.
Efectivamente era una imitación, pero de muy buena calidad. Aunque no costó quinientos mil, sí se gastaron varios miles de dólares.
—¡Papá, me has arruinado! —Lucrecia gritó, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¿Con qué cara voy a presentarme ahora en los círculos de la alta sociedad? ¿Cómo voy a ir a la escuela?
¿Y qué pensaría Silvi de ella?
—Lucrecia, cálmate primero.
Al escuchar el ataque de histeria de su hija, Justino intentó consolarla. —¿Fue cosa de Aldana, verdad? No te preocupes, ¡papá no la perdonará!
Lucrecia, furiosa, le colgó el teléfono directamente.
Luego, abrió el foro de la escuela. Los insultos allí eran aún peores que en Instagram.
—¡Aaaah carajo! —Lucrecia no pudo seguir leyendo. Arrojó el celular con fuerza al suelo y se puso a gritar como una loca.
¡Aldana! ¡Jamás perdonaría a esa zorra, jamás!
—
Instituto Altamira.
Aldana apenas había regresado al salón de clases cuando sus compañeros la rodearon en tropel.
—Aldana, ¡resulta que eres Niebla! ¡Qué increíble!
—Niebla, ¿me puedes dar un autógrafo?
—Niebla, ¿nos podemos tomar una foto?
—¡Yo llegué primero, no empujen!
Durante el resto del día, Aldana permaneció sentada en su lugar como una estatua, atendiendo a una oleada tras otra de personas que querían fotos y autógrafos.
Cuando por fin terminó con los de su clase, una multitud se agolpó en la puerta: —¡Niebla, ahhhhhh...!
Sin responder, Aldana sentía que la cabeza le iba a estallar. Justo cuando iba a negarse, la jefa de grupo, Tania, intervino—: Aldana, Elena, la rectora Andrea las busca.
—Ah, claro —Aldana aprovechó la oportunidad para levantarse y escabullirse.
No le interesaban las entrevistas.
Además, el asunto de las joyas de la abuela de Rogelio aún no estaba resuelto.
De repente, la imagen de cierto hombre apareció en su mente.
—Está bien —sabiendo que era una chica con carácter, Andrea no insistió—. Por cierto, aprovecho para comentarte sobre las clases de regularización.
—Empiezan mañana por la tarde, en el salón vacío del tercer piso. Una hora cada día, no olvides asistir, por favor.
Aunque Aldana bailaba muy bien, sus calificaciones académicas eran terribles. Andrea quería que se esforzara para poder entrar a una buena universidad. Sería la cereza del pastel.
—Señora, en realidad, yo quería... —Aldana frunció los labios, intentando negarse.
—¡No, no quieres! —La expresión de Andrea se volvió seria al instante, rechazándola de plano.
Había visto su expediente.
Sabía que a los estudiantes con bajo rendimiento no les gustaba la idea de tomar clases extra.
Aldana estaba muda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector