—¿Unos días?
Al captar esa palabra clave, la expresión relajada de Aldana desapareció, y su rostro se tornó serio.
—Sí.
Gilda forzó una sonrisa y dijo con voz apagada:
—Soy parte de la Escuela de Cazadores. La situación es complicada y por ahora no puedo desvincularme del todo.
—¿Qué tan complicada?
Aldana se molestó y dijo sin dudar:
—¿Acaso van a tenerte atada toda la vida?
Gilda se quedó sin palabras. Frunció los labios, sin saber cómo explicárselo a la jovencita, y menos aún queriendo que lo supiera.
En resumen, el asunto era más complicado de lo que ella imaginaba.
—Ya está —dijo Gilda, acariciándole el pelo a su hermana con suavidad—. Hace calor y hay mucho polvo aquí, ten cuidado de no insolarte.
—Está bien.
Aldana asintió y vio a Gilda regresar al campo de entrenamiento.
Medio minuto después, sacó su celular y llamó a Sombra.
—¿Tienes tiempo? Necesito que me ayudes a investigar algo sobre la Escuela de Cazadores.
—¿La Escuela de Cazadores?
Sombra, que estaba profundamente dormido, se asustó tanto al oír eso que se sentó de golpe en la cama, con el pelo todo revuelto.
—¿Será que descubrieron tu identidad y han puesto precio a tu cabeza?
Después de todo, lo que Aldana había hecho en el pasado fue realmente una jugarreta muy sucia.
Si él fuera el jefe de la Escuela de Cazadores, definitivamente la perseguiría hasta el fin del mundo.
—No es eso.
La expresión de Aldana se ensombreció un poco, y su voz sonaba muy decaída:
—Parece que Gilda me está ocultando algo.
—¿Gilda?
Sombra se rascó el pelo, que parecía un nido de pájaros, sintiendo la cabeza hecha un lío.
—Parece que la Escuela de Cazadores no la quiere dejar ir.
Aldana estaba sentada en su moto eléctrica, con sus largas piernas apoyadas en el suelo. A pesar del sol ardiente sobre su cabeza, el aura gélida que la rodeaba era para helarle la sangre a cualquiera.
—Últimamente he estado demasiado ocupada, no doy abasto. Ayúdame a investigar.
Aldana movió los labios y continuó:
—Averígualo todo, para que pueda pasar a la acción.


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