—Señorita, ¿con quién viniste?
Los borrachos se acercaron tambaleándose, bloqueándole por completo el paso a Brunilda. Sonreían de una forma lasciva y vulgar.
—¿Quieres venir a divertirte un rato al reservado de los muchachos?
—Apártense.
La mirada de Brunilda se heló. Contuvo las náuseas y habló con evidente molestia.
—Ja, ja, ja.
La risa de los borrachos era estridente. Uno de ellos incluso intentó ponerle las manos encima.
—Vamos, lo que sea que te paguen, te damos diez veces más.
—¡Lárguense!
Brunilda retrocedió un paso, esquivando con éxito la mano del hombre, y sacó su celular para llamar a Feliciano.
«Unos completos idiotas».
No sabían con quién se estaban metiendo, atreviéndose a molestarla a ella.
¡Pum!
Al ver su acción, los borrachos se enfadaron y le dieron un manotazo al celular, tirándoselo al suelo.
—¿Sabes de quién es este lugar?
Gritaron con arrogancia, dándole una palmada en el hombro al líder del grupo.
—Es del joven amo Cisneros, ¿lo conoces? ¡Una figura importante en la capital!
Brunilda no dijo nada. Su mirada se posó en el celular que había caído en un rincón, y sus ojos se enfriaron por momentos.
¡Ese celular se lo acababa de regalar Feliciano!
¡Su esposo se lo acababa de comprar!
Siempre lo usaba con sumo cuidado, temiendo que se rayara o se golpeara.
«Je».
«Así que estos malditos desgraciados se atreven a tirármelo al suelo, ¿eh?»
—Están buscando la muerte.
Brunilda levantó lentamente las manos y se arremangó las mangas, mirando a sus oponentes con una expresión asesina.
—¿Ah? ¿Quieres pelear?
Al ver a Brunilda enfadada, el líder del grupo se rio, divertido. Se acercó a ella sin temor a las consecuencias y dijo entre carcajadas:
—Anda, pégame en la cara. Déjame oler si hueles tan bien como pareces.
Brunilda apretó los labios, y justo cuando se preparaba para actuar, una figura apareció de repente detrás de ella.

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