—¿De verdad es tu esposo?
—¿Ah?
Al oír la pregunta de Aldana, Brunilda se quedó un poco perpleja, pero luego su rostro se iluminó con una sonrisa radiante.
—Claro que sí, es mi esposo de verdad, auténtico y genuino.
—Entonces…
Aldana se quedó sin palabras por un momento. Tras dudar unos segundos, dijo con dificultad:
—¿No te da miedo que le rompan una pierna?
Aunque su esposo parecía fuerte, eran varios hombres los que habían salido. Era poco probable que pudiera manejarlos solo.
—No te preocupes, en este mundo hay muy pocas personas que puedan hacerle daño.
Brunilda curvó sus labios rojos en una sonrisa y, entrecerrando los ojos, cambió de tema con ligereza:
—Aldi, ¿tienes novio?
Aldana no supo qué decir.
«¿Cómo puede cambiar de tema tan rápido? ¿De verdad es su esposo?», se preguntó, cada vez más escéptica.
***
En la habitación insonorizada, Feliciano estaba rodeado por varios guardaespaldas. Bajo la luz, los bates de béisbol reflejaban un brillo siniestro.
—Señor Cisneros, ¿qué pierna quiere que le rompamos? —preguntó un guardaespaldas respetuosamente.
Lo dijo con tal naturalidad que parecía que estuvieran discutiendo qué cenar.
—¡Pide perdón de una vez!
El capitán, que estaba junto a Amadeo, le lanzó una mirada de advertencia a Feliciano. Si conseguía el perdón de Amadeo, quizás se ahorraría algunos golpes. De lo contrario… Amadeo era perfectamente capaz de ordenar que le rompieran una pierna a alguien. Y lo más importante era que, si realmente se la rompían, a él le causaría muchos problemas después.
Feliciano permaneció inmóvil, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente levantada. El perfil afilado de su rostro revelaba una expresión implacable.
—¿Acaso estás sordo?
Al ver que Feliciano no se movía, el capitán se enfureció y avanzó, dispuesto a actuar él mismo.
—Veo que no quieres cooperar por las buenas.
—¿Has pensado bien lo que estás a punto de hacer?
La expresión de Feliciano no cambió en absoluto. Lo miró fijamente, y su voz, fría y grave, transmitía una frialdad penetrante.
—¿Y tú quién te crees que eres?
Al encontrarse con la mirada hipnótica del hombre, el corazón del capitán dio un vuelco. Fingiendo calma, ordenó:
En toda la capital, aparte del verdadero Feliciano, ¿quién se atrevería a usar ese nombre?
«¿Podría ser falso?», pensó.
El capitán levantó la vista y miró el rostro del hombre con nerviosismo. Su porte y su aura no eran los de una persona común.
—¿Hay algún problema?
Amadeo, que esperaba ver a Feliciano con una pierna rota, se impacientó al ver que el capitán se quedaba paralizado con la identificación en la mano.
—¿Tengo que decirles lo que tienen que hacer?
—Señor Cisneros, es que…
El capitán, inseguro de la identidad del hombre y completamente aterrado, solo pudo mirar a Amadeo y balbucear:
—Él… él es…
—Hmpf.
Amadeo frunció el ceño, se acercó al capitán, le arrebató la identificación y dijo con ferocidad:
—Aunque fuera el mismísimo rey, tendría que pagar las consecuencias.
Dicho esto, la mirada de Amadeo se posó en el documento de identidad.

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