[La reconocida directora nacional e internacional, Brunilda, es fotografiada por los medios comiendo a escondidas una sopa de fideos picante entre bastidores]
[La directora Brunilda recibe un premio en el extranjero y, por error, se lleva un snack en lugar del trofeo]
[La directora Brunilda tiene una cita nocturna con un joven galán. Los paparazis investigan a fondo y descubren que realmente estaban discutiendo un guion mientras comían fondue china]
[Se revela la cuenta secreta de la directora Brunilda, donde da «me gusta» sin parar a todo tipo de delicias culinarias]
[Por favor, directora Brunilda, revele su secreto para comer tanto sin engordar ni que le salgan granos]
[Brunilda está casada en secreto]
[El esposo de Brunilda]
[Se rumorea que Brunilda tiene un hijo]
[Brunilda, la reencarnación de una muerta de hambre]
[...]
Aldana deslizó rápidamente la pantalla hacia abajo. Aparte de algunas discusiones sobre su familia, todo lo demás estaba relacionado con la comida.
«Con razón…»
Llegar a un bar con tantos snacks encima… Realmente le encantaba comer.
Era un poco adorable.
—¿Encontraste algo? —preguntó Sombra al notar la leve sonrisa en los labios de Aldana.
—Solo información básica. Es una directora de renombre internacional que ha ganado tantos premios que ya no sabe dónde ponerlos y que adora comer.
Aldana jugueteaba con la pantalla de su teléfono mientras respondía con calma: —Aparte de eso, nada más.
Incluso había utilizado los canales de Syndicate Zero y aun así no había podido encontrar información sobre la familia de Brunilda.
Casada y con un hijo.
Pero curiosamente, no había ni rastro en internet de su esposo o de su hijo.
Eso las convenció aún más de que no era una persona común y corriente.
—Ese tal Cisneros debe saber algo —dijo Sombra, sujetando el volante con un cigarrillo fino y apagado entre los labios—. ¿Y si le preguntamos?
—No es necesario.
Aldana esbozó una sonrisa, apagó el teléfono, lo guardó en su bolso y se puso a comer alegremente los snacks que Brunilda le había regalado. —Fue solo un encuentro casual, ¿para qué indagar tanto?
Si no exponía su vida privada, seguramente tenía sus razones.
En la vida, hay que saber respetar los límites de los demás.
—También es verdad —asintió Sombra, de acuerdo.
—Supongo que una mujer.
Rogelio sintió una opresión en el pecho, pero sonrió con resignación y dijo lentamente: —Y una mujer de mediana edad.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Aldana, confundida, sin entender cómo lo había adivinado.
—Adivina tú.
Rogelio imitó el tono de la joven, devolviéndole la misma respuesta que ella le había dado.
—Como quieras.
El rostro de Aldana cambió al instante. Apartó la mirada con orgullo y se dispuso a levantarse para irse.
—¿Te enojaste?
Rogelio la sujetó a tiempo, tomándole la mano y susurrando para calmarla: —Entre los snacks que te dio hay un té de hierbas para la salud. Esa marca es adecuada para mujeres de entre cuarenta y cinco y sesenta años.
Seguramente se le había colado por accidente mientras le daba las cosas.
Aldana echó un vistazo y, efectivamente, así era.
«Qué buena vista tiene».
—La estaban molestando y simplemente la ayudé —explicó Aldana de forma concisa mientras examinaba el té—. Así que me dio todos los snacks que llevaba encima.

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