***
En el camino de vuelta.
Aldana cerró los ojos para descansar un poco, mientras Plácido se sentaba a su lado, rígido.
No se atrevía ni a moverse, ni siquiera a respirar con fuerza.
Con gran esfuerzo, aguantó hasta llegar al hotel.
En cuanto el coche se detuvo, Aldana abrió la puerta sin decir una palabra y se fue a grandes zancadas, dejándolo atrás.
—Maestra...
Plácido se quedó en el coche, agarrado a la puerta con ambas manos, mirando con lástima la espalda de la joven.
«¿Por qué mi maestra no me hace caso?».
«¿No será que está enfadada de verdad?».
—¿Maestra?
Plácido entró en pánico. Sin importarle el trofeo ni el dinero, salió corriendo torpemente tras ella, gritando mientras corría:
—¡Maestra, cómo voy a vivir sin ti!
***
En la habitación del hotel.
Aldana salió del baño.
Se había estado aguantando todo el camino.
En cuanto el coche paró, corrió directa al baño.
—¿Y Plácido?
Aldana miró a su alrededor y, al no ver a Plácido, frunció ligeramente el ceño.
Justo cuando iba a llamarlo...
De repente, se oyeron los lamentos de Plácido en el pasillo:
—¡Maestra, no me ignores, sé que me equivoqué!
—¡Maestra, no quería ponerte en aprietos a propósito!
—¡Maestra, di algo, por favor!
—¡Maestra!
*¡Pum!*.
Aldana abrió la puerta de un tirón y vio al hombre agarrado al pomo, con el cuerpo flácido y medio arrodillado en el suelo. Frunció el ceño con fuerza:
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Maestra, ¿estás enfadada conmigo?
Plácido se levantó y, encogiendo el cuello, la miró con cautela.
—Te fuiste directamente al bajar del coche, ¿es que no querías verme?
—No, para nada.
Aldana arrugó un poco el entrecejo y respondió con despreocupación:
—Tenía prisa por ir al baño.
Plácido se quedó un poco perplejo. ¿Eso significaba que su maestra no estaba enfadada?
Entonces, ¿todos los lamentos que había soltado por el camino habían sido en vano?



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