—¡Oye, gorda, vete para atrás!
—¿O qué, los del Instituto Altamira son sordos? ¿No entienden lo que se les dice?
Ante las amenazas de los chicos y los insultos hirientes, Tania estaba muy asustada. Ellos eran conocidos en el Instituto de la Capital por ser juniors ricos y problemáticos. Se aprovechaban del dinero y el poder de sus familias para hacer lo que querían, especialmente para molestar a los estudiantes del Instituto Altamira.
El líder, Lino, tenía fama de que su familia era inversionista de toda esa área comercial. Casi toda la familia Lucero tenía que tratarlo con pinzas.
Tania no podía ganarles en una discusión y no quería causarle problemas al director, así que decidió aguantar. Justo cuando se disponía a hacerse a un lado, una voz femenina y clara sonó detrás de ella.
—¿Qué están haciendo?
Tania se giró y vio a Aldana y Elena caminando hacia ella.
—Lino, ellas son las que molestaron a Lucrecia —le susurró uno de los lacayos, reconociéndolas.
—¿Qué? —Lino las miró, y la ira en sus ojos se intensificó. Una le había quitado a Lucrecia la oportunidad de la entrevista, y la otra la había difamado en internet. Si no se hubiera encontrado a Lucrecia llorando a escondidas junto a los baños y le hubiera insistido en que le contara, nunca se habría enterado de todo lo que la estaba haciendo sufrir. Nadie se metía con la gente que él protegía. Esto no se iba a quedar así.
—Ustedes dos fueron las que molestaron a Lucrecia, ¿verdad? —dijo Lino, parándose frente a Aldana y Elena con una expresión de absoluto desprecio.
Aldana le echó un vistazo perezoso. Ah, sí. Ya lo recordaba. El lamebotas de Lucrecia.
—¿Y qué si conseguiste la entrevista? —Lino, con un cigarrillo entre los dedos, miró a Aldana con una sonrisa burlona, actuando como un auténtico patán—. Por más que esa escuelita privada de quinta llamada Instituto Altamira se luzca diez veces, no cambiará el hecho de que la van a cerrar el próximo año.
El cierre de la escuela era un tema doloroso para todos los estudiantes de Altamira. Al oírlo, las caras de Elena y Tania se ensombrecieron.

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