—¿Dónde está el vejestorio?
Los subordinados de la Alianza del Cracker parpadearon, con los ojos aún más abiertos al ver al joven que había aparecido de la nada.
«¿Qué demonios?», pensaron.
¿Acaso el líder no esperaba a Fantasma?
¿Fantasma, un viejo de más de cincuenta años con el pelo canoso?
¿Cómo podía ser este muchacho que no aparentaba tener ni veinte años?
—¡¿A quién le hablas así?! —replicó un subordinado, levantando su arma con aire amenazador—. ¡Nuestro líder quiere ver a Fantasma en persona!
—Yo soy Fantasma —respondió Aldana en voz baja y con paciencia, con las manos en los bolsillos.
—¿Tú eres Fantasma? ¡Pues yo soy el papá de Fantasma! —espetó el hombre con la barbilla en alto, sin medir el peligro de sus palabras.
Aldana se quedó sin palabras.
Levantó lentamente los párpados, y la mirada bajo sus largas pestañas se tiñó de un rojo sanguinario.
Al segundo siguiente, sacó las manos de los bolsillos y, en un dos por tres, desarmó las pistolas de los dos tipos que tenía en frente.
Las piezas cayeron al suelo con un estrépito metálico.
*Pum, pum.*
Con el sonido de dos golpes secos, Aldana pateó a los dos hombres al mar.
—¡Ah, auxilio! ¡Socorro!
Mientras los dos chapoteaban en el agua gritando, los demás hombres en la orilla por fin reaccionaron, asombrados por su increíble rapidez.
—Lo diré una última vez: llévenme a ver al líder de la Alianza del Cracker —dijo Aldana, alzando la vista y recorriendo a todos con la mirada.
—Sí, señor.
Los hombres no se atrevieron a demorar más y llamaron a Iván de inmediato.
—Jefe, Fantasma ha llegado —dijo el subordinado por teléfono, mirando el rostro de Aldana y tartamudeando—. Pero... es un hombre joven.
—¿Un hombre joven?
Iván, confundido, se giró hacia Rogelio y le dijo con respeto:


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