—Si Aldi vuelve, avísame de inmediato.
Rogelio estaba de pie en la entrada, contemplando la habitación vacía. Antes, todo tenía rastros de la presencia de la joven, pero ahora, ella ya no estaba.
—Claro, señor Lucero —asintió Eva. Al ver el rostro agotado y el cabello revuelto del hombre, añadió con cautela—: Acaba de llegar, ¿no quiere descansar un poco?
—No es necesario.
Rogelio negó con la cabeza y salió, tomando su chaqueta.
Eva frunció el ceño al ver la figura solitaria del hombre alejarse. Esos dos parecían tan enamorados. ¿Cómo era posible que hubieran discutido de repente? ¿Debería contarle a la señora y a la abuela sobre esto?
***
En el coche, Iván y Eliseo, sentados delante, apenas se atrevían a respirar.
En el asiento trasero, Rogelio sostenía el teléfono con sus dedos largos y bien definidos, y su atractivo rostro estaba ensombrecido. El frío que emanaba de él parecía congelar el aire dentro del vehículo.
Aldi había regresado a Nuboria, pero no a Luminara. ¿A dónde podría haber ido? ¿Con sus tres hermanos? ¿O con su hermana Gilda? Si se ponía a llamarlos uno por uno, su situación ya no sería un secreto.
Ya de por sí, no estaban muy de acuerdo con su relación por su «diferencia de edad». Si ahora se enteraban de que él casi la había matado en el pasado… ¿tendrían él y Aldi algún futuro juntos?
Después de pensarlo, decidió no actuar impulsivamente y no llamar a nadie.
—¿Encontraron el número de Sombra? —preguntó Rogelio con voz grave.
—Sí —respondió Eliseo de inmediato.
Rogelio arqueó una ceja, a punto de decir algo, pero Eliseo continuó:
—Pero tiene el teléfono apagado.
Era obvio que lo hacía a propósito para no contestar sus llamadas.
—Vamos al set de filmación —dijo Rogelio tras unos segundos de silencio—. A ver a Leonardo Valencia.
—Sí, señor.
—Sigue con lo tuyo, yo ya me voy —dijo Rogelio, frunciendo los labios y dándose la vuelta para irse.
—¿Seguro que no pasa nada? —Leonardo se levantó, con las manos en los bolsillos y un tono más serio en la voz.
Rogelio se detuvo en seco. Se giró con rigidez, su rostro pálido y demacrado.
—¿Discutieron? —preguntó Leonardo, mirándolo fijamente, con una expresión igual de seria.
—Sí —asintió Rogelio, completamente abatido, con un sonido ahogado saliendo de su garganta.
—¿Por qué?
Leonardo lo llevó a su camerino, cerró la puerta con cuidado y se apoyó en el marco, con los brazos cruzados y un tono severo.
—¿Recuerdas que te hablé de Fantasma, del Submundo?
Rogelio levantó la cabeza. Sus rasgos angulosos se veían aún más definidos bajo la luz.

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