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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 740

Rogelio miró la hora. Era tarde. La chica estaba durmiendo para recuperar el sueño y no quería molestarla.

«Mañana será», pensó.

—Je.

Una risa grave brotó de su garganta al pensar que al día siguiente por fin vería a la joven que tanto anhelaba.

Los guardias que lo vigilaban se quedaron perplejos al ver al líder de la Alianza del Cracker reírse de repente. ¿Todavía podía reír? Mañana, cuando la jefa lo viera, seguramente lo haría pedazos. ¿O sería que, como decían los rumores, la jefa lo había drogado y le había dañado el cerebro?

***

En su habitación, Aldana, aunque yacía en la cama con los ojos cerrados, no podía dormir. Después de dar vueltas varias veces, se levantó, abrió su computadora y compró un boleto de avión para regresar a la capital.

Tres días. ¡El viejo ya debería haber tenido tiempo suficiente para pensar bien las cosas!

***

Al día siguiente, apenas los rayos del sol entraron en la habitación, el hombre en el cuarto oscuro comenzó a agitarse.

«¿Aldi ya se habrá despertado? ¿No debería yo hacer algo también?», se preguntó.

—¡Pum, pum, pum!

Rogelio se puso de pie y comenzó a golpear la puerta con fuerza.

—¡Abran! ¡Quiero salir!

Los guardias de afuera se asustaron y notificaron inmediatamente a los cinco maestros. Estos llegaron a toda prisa y encontraron al líder de la Alianza del Cracker «enloquecido».

—Has caído en manos del Submundo, ¿y todavía crees que puedes salir? —dijo Wenceslao, mirándolo con frialdad y una sonrisa burlona—. Prepárate para morir.

—¿Morir? —Rogelio levantó la vista, recorrió con la mirada a los cinco hombres frente a él y esbozó una sonrisa resignada.

«¿Morir? Morir a manos de Fantasma tampoco estaría tan mal», pensó.

Con ese pensamiento, Rogelio abrió la puerta de una patada. Las esposas que lo sujetaban habían desaparecido en algún momento.

—¡No te muevas!

Al verlo, los maestros levantaron sus armas y le apuntaron simultáneamente.

Al ver que el líder de la Alianza del Cracker se acercaba cada vez más, y para evitar cualquier imprevisto, Wenceslao apuntó al hombro izquierdo del hombre y disparó.

El ensordecedor sonido del disparo resonó al mismo tiempo que un gemido ahogado del hombre.

Dos segundos después, el hombre cayó de rodillas. La sangre brotaba de su pecho izquierdo, tiñendo de rojo su camisa blanca. El dulce que sostenía en la mano nunca cayó al suelo.

Rogelio bajó la vista hacia la sangre que manaba de su herida y una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios.

«Ahora sí podré ver a Aldi, ¿verdad? ¡Seguro que sí!», pensó.

Con ese pensamiento, la sonrisa en el rostro de Rogelio se hizo más profunda. Dos segundos después, frunció el ceño con fuerza y se desmayó en el suelo.

***

—¡Toc, toc!

Aldana estaba teniendo una pesadilla en la que mataba a Rogelio. Mientras se debatía entre el sueño y la vigilia, un golpe insistente en la puerta la devolvió bruscamente a la realidad.

Se despertó sobresaltada y, con los ojos todavía adormilados, abrió la puerta.

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