—¡Jefa!
El médico se sorprendió un poco al ver a la persona que entraba.
—¿Por qué ha entrado sola?
—Pueden retirarse, yo me encargo de esto —dijo Aldana, acercándose con las manos en los bolsillos y una expresión impasible.
—Jefa…
Los subordinados que montaban guardia miraron al líder de la Alianza del Cracker con preocupación.
Aunque estaba herido, parecía tener todavía bastante energía.
Dejar a la jefa sola con él sería muy peligroso.
Aldana no dijo nada, simplemente observó con frialdad a los subordinados que se disponían a objetar. Su aura era terriblemente imponente.
—Sí, señora.
El médico y los subordinados no se atrevieron a decir más. Asintieron respetuosamente y se retiraron.
En la habitación, solo quedaron Aldana y Rogelio.
Aldana se acercó a la cama y bajó la vista hacia el hombre cubierto de sangre y con el rostro pálido.
«Está a punto de desangrarse, ¿y todavía no quiere que lo traten?», pensó.
—Aldi…
Al ver a la chica que lo miraba sin expresión, el corazón de Rogelio empezó a latir con fuerza.
Herida, dolor… no recordaba nada de eso.
—El líder de la Alianza tiene un excelente humor, ¿no es así?
Aldana sacó las manos de los bolsillos y se cruzó de brazos, con una media sonrisa en los labios.
—Con tu fuerza, dejarte atrapar por la gente del Submundo, y encima salir herido… Vaya, te has esforzado bastante, ¿eh?
Rogelio escuchaba en silencio, sin atreverse a replicar ni media palabra.
Aldi había calado por completo sus intenciones.
—Lo siento.
Rogelio apretó los labios, con los ojos enrojecidos, y dijo con voz ronca:
—Era la única manera de poder verte.
Aldana vio su rostro angustiado y sus pestañas temblaron ligeramente.
—Cof, cof…
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