—Fantasma, Gilda…
Federico se frotó la nariz y, observando los alrededores, dijo con suma seriedad:
—Tomen el sendero del oeste, no vayan por el río.
Los hombres de Virgilio ya estaban en movimiento, y la gente de la Alianza del Cracker venía en camino.
Un ataque por ambos frentes…
Aunque ambas eran muy fuertes, no se puede luchar contra tantos a la vez, no saldrían bien paradas.
—Ah. —Aldana miró profundamente a Federico, con una expresión de duda.
«¿Acaso lo convencí a golpes?».
«Cuando llegué, ¿no parecía que quería matarme?».
—Gracias.
Aldana le agradeció cortésmente, esbozando una sonrisa.
—Si te interesa unirte al Submundo, puedes buscarme. —Le dedicó una última mirada al hombre y apretó su agarre sobre Gilda—. Puedo curar el veneno que tienes en el cuerpo, y el sueldo será mucho mejor que el de aquí.
Federico se quedó paralizado, sopesando claramente la propuesta de Fantasma.
La verdad…
Estaba harto de arriesgar su vida por Virgilio, pero dependía del antídoto de la Escuela de Cazadores para sobrevivir al veneno que corría por sus venas.
Pero Fantasma dijo…
¿Que ella podía curarlo?
Ese veneno era muy difícil de tratar; había consultado a muchos médicos famosos sin éxito.
Dentro de la escuela, tal vez se podría intentar con la doctora milagrosa, la Dra. Noche.
¿Realmente Fantasma tendría una solución?
—¿En qué dirección está el río? —preguntó Aldana con calma.
—Por allí.
Federico señaló con honestidad hacia un punto no muy lejano, pero reaccionó rápidamente con una expresión de sorpresa en su rostro mestizo:
—¿Vas por el río? ¿No temes a la muerte?
—¿Que yo muera?
Aldana curvó sus labios rosados en una sonrisa pícara y arrogante, mientras su voz fría y clara resonaba palabra por palabra:
—La persona que puede matarme todavía no ha nacido.
Dicho esto.
Aldana, con Gilda en la espalda, se dirigió hacia el río.
Caminaba despacio, para no incomodarla con el movimiento.
Al verlas alejarse, Federico sacudió la cabeza con asombro, sus ojos llenos de admiración.
«Vaya, vaya».


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