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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 783

El empleado bajó la mirada y vio la cantidad en el cheque.

Veinte millones.

«Qué generosos», pensó. Quizás querían pedirle al dueño que acogiera a algún criminal despreciable.

—Por favor, esperen un momento.

El hombre tomó un teléfono, y tras una breve conversación, otro grupo de guardias armados se acercó y dijo con rostro inexpresivo:

—Por aquí, por favor.

—¿Qué están haciendo?

Al ver a un subordinado acercarse con una venda para los ojos, Iván se puso a la defensiva. Si tan solo llevara su arma, ya le habría metido un par de balazos.

«¿Qué se creen? ¡Cómo se atreven a poner sus sucias manos sobre la señorita Carrillo!».

—¡Son las reglas de la Isla Solestia! —dijo fríamente el subordinado.

Aldana también estaba molesta. «Qué isla de pacotilla con tantas reglas». Si no fuera porque estaban en su territorio y no les quedaba más remedio que aguantarse, ya habría puesto todo patas arriba.

—Dámela.

Rogelio tomó la venda y le dijo a Aldana en tono conciliador:

—Hermanito te la pondrá.

Aldana cerró los ojos con resignación, dejándolo hacer.

—Vamos.

Una vez que todos tuvieron los ojos vendados, Rogelio tomó la mano de Aldana y subieron a un coche negro que se dirigió hacia la residencia del dueño de la isla.

***

En la zona del dueño, una construcción gótica de un blanco puro y romántico se alzaba en medio del mar. Su apariencia era etérea y poderosa, con decoraciones finamente talladas y deslumbrantes vidrieras blancas que brillaban bajo el sol.

Junto a la puerta principal, crecían flores de todos los colores sobre un césped verde y exuberante, añadiendo un toque de vida al castillo, que de otro modo sería silencioso y solemne.

Aprovechando un descuido de Rogelio, Aldana tomó una galletita y se la metió en la boca, acercándose lentamente a él. Ambos miraron hacia afuera.

Desde ese ángulo, se podía ver perfectamente el jardín del castillo. Aunque llamarlo jardín no era del todo exacto. Estaba dividido en dos partes: a la izquierda había flores y a la derecha, verduras y algunas hierbas medicinales.

Aldana observó con atención y notó que en la huerta había bastante cilantro.

«Qué casualidad».

—Jefe, han llamado al dueño —le recordó Iván respetuosamente.

—De acuerdo.

Rogelio tomó a Aldana de la mano y la hizo volver al sofá.

—Aldi —le susurró—, ¿crees que el dueño nos reconocerá?

Después de tantos años, él creía que la probabilidad era baja.

—Yo todavía estoy en etapa de crecimiento, así que dudo que me recuerde... —dijo Aldana mientras tomaba otra galletita y masticaba—. Pero el señor Rogelio es otra historia. Después de todo... —enarcó una ceja, se acercó a él y añadió a propósito—: tú lo atacaste con cañones. ¡Cualquiera recordaría algo así!

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