—Vamos.
Rogelio se inclinó hacia la chica, que hacía un puchero enfadada, y la consoló con voz suave:
—Que respondiera así significa que la tiene. Si no, habría dicho simplemente: «No la tengo».
—Por eso no le dije nada ofensivo a ese cretino pretencioso —replicó Aldana entre dientes.
En cualquier otra situación, si se podía usar la fuerza, era mejor no discutir.
—Esa hierba parece ser muy importante para él. —Rogelio la tomó de la cintura y la guio hacia la salida—. No te preocupes, lo intentaremos de nuevo.
Si el dinero no funcionaba, intentarían por otros medios. Al fin y al cabo, todo el mundo tiene sus debilidades.
—Si no...
Aldana caminaba con el ceño fruncido y una expresión de disgusto.
—Podrías volver a bombardearlo con cañones. Si por las buenas no funciona, habrá que usar la fuerza.
—No digas tonterías. —A Rogelio le hizo gracia su comentario y le dio un apretón suave en la cintura—. Quico no cede ni por las buenas ni por las malas. Cuanto más lo provoques, más se opondrá. ¿Y si en un ataque de ira destruye la planta? ¿Acaso la señorita Fantasma no ha aprendido esa lección?
Aldana se quedó muda. Era cierto. Cuando compitieron por las hierbas medicinales, Quico no mostró ninguna piedad, lo que la enfureció tanto que se las llevó todas.
—Entonces, hablemos de nuevo.
Aldana respiró hondo. Por Gilda, se esforzaría por ser paciente.
***
No muy lejos, en el último piso, Quico sostenía una taza de café junto al ventanal. Entrecerró los ojos mientras observaba al grupo junto al coche, especialmente a la chica. Su voz y su rostro se parecían un poco a los de Julieta.
—Dueño, la señora está aquí —dijo alguien detrás de él. La puerta se abrió justo cuando se daba la vuelta.
—Mi buena Julie.
Quico le acarició la cabeza a Julieta, como si estuviera consolando a una niña. Y en cierto modo, lo era.
Julieta había llegado a la Isla Solestia el mismo año que él. La amante de su padre se había presentado en su casa, provocando la muerte de su madre por un disgusto. Justo después del funeral, la amante se mudó descaradamente, ocupando la habitación de su madre. Incluso quemó el altar de su madre, diciendo que traía mala suerte.
Él tenía trece años. Con sus propias manos, se deshizo de esa mujer que había destruido su familia y no mostraba arrepentimiento.
Su padre, devastado, cayó enfermo y murió poco después. Fue entonces cuando sus parientes aparecieron como buitres para quedarse con la herencia y se unieron para enviarlo a la Isla Solestia.
El día que llegó a la isla, conoció a Julieta. En ese entonces, no tenía nombre; la llamaban «la tontita». Debido a un accidente, había sufrido una grave lesión cerebral que dañó sus nervios, dejando su inteligencia estancada en la de una niña de seis años. No se sabía nada de sus padres ni de su origen. Se decía que la habían enviado a la Isla Solestia por herir a personas repetidamente, siendo diagnosticada con «comportamiento violento».
Ambos eran almas solitarias en el mismo infierno y se convirtieron en el apoyo del otro.
Y luego...

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