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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 79

Al percibir la opresiva atmósfera, todos se giraron bruscamente. En la puerta, apareció un hombre alto y esbelto, vestido con un traje caro y de facciones afiladas y distinguidas. Sostenía la muñeca de Armando con firmeza, y sus ojos, oscuros como la tinta, parecían un abismo sin fondo. Ni siquiera la luz dorada del sol que lo envolvía podía disipar el aura de nobleza y frialdad que lo rodeaba.

—¿Q-quién es él? —preguntó Galileo, tartamudeando, tan intimidado por la imponente presencia del hombre que tuvo que tragar saliva.

Elena y Tania negaron con la cabeza como si fueran sonajas. No tenían idea. Era guapo, tenía mucha clase, pero también daba un poco de miedo. Era intimidante.

Aldana también se giró, y sus ojos de ciervo se encontraron con la profunda y preocupada mirada del hombre. No esperaba que llegara tan rápido. Una leve sonrisa curvó sus labios y un destello de luz brilló en sus ojos.

—¿Estás bien? —Rogelio había venido a toda velocidad, y al bajar del coche, corrió hacia adentro, temiendo que la muchacha estuviera en problemas. Pero al llegar, lo primero que escuchó fue su ingeniosa réplica, con una labia impresionante. No parecía que estuviera en desventaja.

—Estoy bien —dijo Aldana con una sonrisa, y prudentemente, se colocó al lado de Rogelio. Después de todo, en ese momento, él era su "tutor".

—Oye, ¿qué estás haciendo? —El dolor en su muñeca era insoportable. Armando luchaba por liberarse—. ¡Seguridad, que alguien venga!

Al oír su llamado, los guardaespaldas de Armando intentaron avanzar, pero fueron detenidos en la puerta por otro grupo de guardaespaldas. Era evidente que los hombres de Rogelio los superaban por mucho en porte y presencia. Una sola mirada bastó para que los otros no se atrevieran a dar un paso más.

—Señor, ¿usted es...? —Uriel, acostumbrado a lidiar con gente de todo tipo en su trabajo, supo por la apariencia, la vestimenta y el aura de Rogelio que no era una persona común. Sin atreverse a ser descortés, se levantó de inmediato y lo saludó con una sonrisa.

—¿A quién decías que ibas a matar? —Rogelio lo ignoró, clavando su mirada sombría en el rostro de Armando. Su voz era tan fría como el hielo.

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