—Buah...
Al ver que Quico no decía nada y que su expresión era especialmente feroz, Julieta temió no poder ver a Aldana.
Frustrada y ansiosa, las lágrimas empezaron a caerle a raudales.
—Linda.
—Es... linda.
Julieta se esforzaba por explicarse, pero no lograba expresarse con claridad.
«¿Linda? ¿Qué tiene de linda?».
«No es más que un niñito bonito, más joven y guapo que yo».
«Julie solo tiene la inteligencia de una niña de menos de seis años, ¿qué sabrá ella de belleza?».
—Julie...
Quico tomó la mano de Julieta, contuvo su disgusto y dijo con paciencia:
—Tu esposo también es lindo.
—¿Ah?
Julieta se quedó perpleja por unos segundos, luego le tomó la cara a Quico entre las manos y dijo con voz suave y delicada:
—Mi esposo es lindo.
Quico se quedó sin palabras.
Sonrió con resignación, le pellizcó la nariz y se giró hacia su subordinado.
—Que entre la Dra. Noche.
Realmente quería que Julie se recuperara.
Pero también temía que, una vez recuperada, sus ojos ya no solo lo vieran a él.
Que incluso lo abandonara.
—Julie...
Quico se arrodilló frente a la chica, observando su rostro inocente y despreocupado, y dudó en hablar.
—Si te curas, ¿acaso tú...?
Julieta lo miró confundida. Como Aldana iba a venir, una dulce sonrisa no se apartaba de sus labios.
Estaba realmente feliz.
—Olvídalo.
Quico se detuvo a mitad de la frase. Tras una pausa de unos segundos, dijo con voz ronca:
—Ni se te ocurra pensarlo. Eres mía, siempre serás mía, solo puedes ser mía.
Si alguien se atrevía a competir con él, se encargaría de esa persona.
Especialmente...
De esa deshonesta Dra. Noche.
—Notifiquen a la Dra. Noche que venga a la Isla Solestia —ordenó Quico con frialdad.
Le cayera bien o mal, la salud de Julie era lo más importante.
***
Después del desayuno.
—Sí.
Aldana asintió. Se dirigió a la puerta y, justo cuando iba a subir al coche, se dio la vuelta de repente.
Se quedó quieta, mirando fijamente al hombre.
Rogelio dudó un par de segundos, pero captó la indirecta al instante. Se acercó y dijo:
—Esta vez no hace falta que cierres los ojos.
Mientras fuera su Aldi, no importaba qué aspecto tuviera.
Tras decir eso, el hombre se inclinó ligeramente y posó sus cálidos labios en la frente de la chica.
Luego bajó y le dio un suave beso en sus labios rosados, susurrando con ternura:
—Te esperaré en casa.
—De acuerdo.
Aldana, de bastante buen humor, le tocó los abdominales al hombre antes de irse.
«Vaya».
«Desde que empezó a hacer ejercicio, su cuerpo está cada vez mejor».
—Jefe, ¿necesitamos ir de nuevo a la entrada de la isla para proteger en secreto a la señorita Carrillo?
Al ver que el coche se alejaba, Eliseo preguntó con respeto.
—No es necesario.
Rogelio, con las manos en los bolsillos y las cejas arqueadas, sonrió con ironía.
—A partir de ahora, ella es la que manda en este juego.

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