Instituto de Investigación.
—¡Vaya, Aldi, has vuelto!
Al ver a Aldana, los ojos de los viejos investigadores del instituto brillaron de emoción.
—Sí.
Aldana dejó su mochila y se sentó despreocupadamente en una silla.
—Hacía mucho que no venías al instituto. ¿Estás bien? ¿Los estudios no son muy difíciles?
El director del instituto, Sancho, se acercó con café y postres, su rostro envejecido mostraba una sonrisa aduladora.
Aldana levantó lentamente los párpados, miró al anciano de enfrente con pereza y dijo con calma:
—Si tienes algo que decir, dilo.
—No, nada.
Sancho se encogió de hombros y sonrió.
—Es solo que te echábamos de menos, te extrañábamos mucho.
—Ah.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Aldana mientras decía con indiferencia:
—Si no tienes nada más que decir, entonces me pondré a trabajar.
—¡No, no, no!
Al ver que realmente se iba a marchar, Sancho la siguió de inmediato, rascándose la cabeza.
—Es que este mes los proyectos de investigación del instituto han aumentado y nos hemos pasado del presupuesto.
—El mes pasado les transferí veinte millones… —dijo Aldana, volviéndose con desgana.
Sancho estaba a punto de arrodillarse. La investigación costaba un dineral y ya habían intentado ahorrar al máximo.
Pero no habían conseguido ahorrar mucho.
Justo cuando se preguntaba cómo iba a pedirle más dinero a la jefa, por una feliz coincidencia, Aldana había vuelto.
—Mañana por la tarde, el dinero estará en la cuenta.
Sancho era un empleado dedicado y Aldana no quería ponerle las cosas difíciles, así que dijo en voz baja:
—Ven a ayudarme a ver una cosa.
—¡Por supuesto!
Contento por haber conseguido el dinero, Sancho corrió más rápido que nadie, sin saber ya ni dónde tenía la cabeza.
***
En el laboratorio.


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