Sintiéndose un poco culpable bajo la intensa mirada de Leonardo, Aldana no supo qué decir.
—Ya habrá tiempo de sobra para reuniones familiares, hablemos del asunto principal —dijo Gilda en voz baja, echando una mirada discreta a Quico.
A juzgar por la piel delicada de Julieta y la ropa y joyas finas que llevaba, hasta un tonto se daría cuenta de que Quico la quería mucho. En cuanto al incidente del cuarto oscuro, si Aldana ya lo había perdonado, no había nada más que decir. Después de todo, su hermana no era de las que se dejaban pisotear.
—Toma asiento —dijo Leonardo, haciéndole un gesto a Quico. Félix y Wilfredo se sentaron también.
—Gracias. —Quico soltó un suspiro de alivio y, tras sentarse, asintió levemente hacia Aldana.
[Gracias, Aldana.]
Aldana le devolvió una sonrisa.
[Con dinero de por medio, todo se puede hablar.]
Desde un lado, Rogelio observaba la escena, viendo claramente las intenciones de ambos. «Pequeña materialista», pensó.
***
—El tratamiento empieza mañana —anunció Aldana. Con las rodillas juntas, sus manos, que colgaban a los lados, se cerraron en puños instintivamente. Las palmas le sudaban—. Para garantizar la seguridad de Julieta, todo el proceso se llevará a cabo en el instituto de investigación.
—¿Es muy peligroso? —preguntó Leonardo con rostro serio.
—Un poco —admitió Aldana, antes de añadir con voz relajada—. Pero reduciré el riesgo al mínimo para asegurar que no haya ningún contratiempo.
—Confío en ti. —Leonardo le dio una palmada en el hombro para tranquilizarla—. No te presiones demasiado, Dios cuidará de Julieta.
—Vaya… —Aldana soltó una risita y bromeó—, me parece que el que está bajo presión eres tú.
Leonardo tragó saliva y guardó silencio.
La verdad era que estaba muy preocupado. Había investigado sobre la terapia de hipnosis y sabía que, si fallaba, el paciente podía sufrir un colapso mental irreversible. Aldana debía de estar bajo una enorme presión al proponer este método.
—Haré todo lo posible para evitar los efectos secundarios —dijo Aldana en voz baja.
—Gracias. —Quico asintió levemente y tomó la mano de Julieta—. Julieta tiene sueño, la llevaré a descansar.
Últimamente, estaban ajustando sus horarios para el tratamiento, y no podían alterarlos.
—De acuerdo.
Los demás se pusieron de pie y los vieron irse.
Una vez decidido el método de tratamiento, y como no podían ayudar, no se quedaron para no ser una molestia ni añadirle más presión a Aldana. Después de charlar un poco, cada uno se fue por su lado.
Al darse la vuelta, Leonardo notó una marca roja en el cuello de su hermana y frunció el ceño. «¿Eso es…?», pensó. No hay que ser un genio para saber qué es eso. ¿Acaso ese zorro astuto de Rogelio no podía esperar? ¡Aldana ni siquiera había cumplido los diecinueve!
—¡Tú, ven aquí! —Leonardo llamó a Rogelio a un lado, furioso, y le espetó con frialdad—: ¿Así es como cuidas de mi hermana?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector