En ese instante, sus miradas se encontraron.
Nadie habló. Solo se observaron en silencio, creando una atmósfera extrañamente tensa.
Medio minuto después, las comisuras de los labios de Julieta se elevaron ligeramente, y una sonrisa apareció en su rostro rígido. Su voz dulce resonó:
—Hermanita, ven aquí.
Al escuchar esas palabras, el corazón de Aldana se encogió de golpe, y sus ojos se enrojecieron sin poder evitarlo. Lo recordaba todo.
—Sí —respondió, y con dificultad, movió las piernas para acercarse a Julieta y quedarse de pie junto a la cama.
—Cuánto tiempo sin verte, Aldana.
Julieta extendió los brazos y la abrazó con fuerza, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Perdóname, Aldana. No te protegí.
Aldana se dejó abrazar, con un nudo en la garganta que le impedía hablar. Sus manos se aferraban con fuerza a la ropa de su hermana, y sus dedos temblaban sin control.
—¿Has estado bien todos estos años? —continuó preguntando Julieta.
—Muy bien —respondió Aldana, lamiéndose los labios para poder encontrar su voz—. Los otros hermanos también quieren verte.
Al oír la conversación, Leonardo se adelantó con los demás. Siguieron más saludos y palabras de afecto. Julieta mencionó varias anécdotas de su infancia, recordando hasta el más mínimo detalle.
—Julieta, además de nosotros, ¿recuerdas a otras personas o cosas? —preguntó Gilda.
—¿Otras? —Julieta miró a todos los presentes, con una sonrisa aún más amplia, y negó con la cabeza—. ¿Hay alguien más?
Todos guardaron silencio.
—Estoy un poco cansada —dijo Julieta después de hablar un rato, bostezando—. Voy a dormir otro poco.
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