Después de un pequeño contratiempo.
La vida de Aldana comenzó a volver a la normalidad.
Además de buscar a su sexta hermana y a sus padres, el resto de su tiempo se resumía en una rutina de tres puntos.
La universidad, el comedor y la casa.
De vez en cuando, si a Rogelio se le antojaba la comida de la mansión familiar, la convencía a base de ruegos y súplicas para que lo acompañara.
La razón: si volvía solo, no merecía cenar.
—Qué lástima me das, señor Rogelio —dijo Aldana en broma desde el asiento del coche, con las piernas cruzadas mientras jugaba en su teléfono.
—Ya lo sé.
El hombre se inclinó para mirar la pantalla y aprovechó para robarle un beso en la mejilla a la chica, con un tono lastimero en su voz—. Quería hacerme una prueba de paternidad en secreto, pero entonces vi una foto de mi papá y mía...
Aldana levantó la vista del teléfono y la fijó en el rostro de Rogelio.
—Y me rendí —continuó Rogelio, con una sonrisa en los labios—. De joven, era idéntico a mi papá.
—Ah.
Aunque sabía que era un chiste malo, Aldana no pudo evitar soltar una pequeña risa.
—¿Te hizo gracia?
Al verla entrecerrar los ojos, Rogelio no pudo resistirse a acariciarle la barbilla y le preguntó con cariño.
—Un poco.
Aldana dejó el teléfono y, imitando el gesto de Rogelio, le tocó suavemente la nuez de Adán.
—No te muevas así.
El hombre le sujetó la mano rápidamente, su mirada se volvió más profunda y una leve sonrisa se dibujó en sus labios—. O tendrás que atenerte a las consecuencias.
Aldana parpadeó, sin entender a qué se refería.
«Si ya es mío, ¿qué parte de él no puedo tocar?», pensó.
Y como quería, lo iba a hacer.
Desafiante, Aldana volvió a tocarlo varias veces.
Hasta que notó que algo justo por debajo de la hebilla del cinturón del hombre de repente se veía... diferente.
Cuando sus ojos se encontraron con la mirada profunda y oscura de él, cuya respiración se hacía más pesada...
Se dio cuenta de todo. Asustada, retiró la mano a toda prisa y se arrinconó en su asiento sin hacer ruido.
Por suerte, Rogelio llevaba una gabardina larga, así que no se notaba nada fuera de lo normal.
—¿Qué miras? —preguntó Rogelio a propósito, acercándose a ella al notar su mirada.
—Cállate.
A espaldas de la abuela y Brunilda, Aldana le lanzó una mirada fulminante a Rogelio y lo amenazó—: Y controla tus... cosas.
—¿Qué cosas?
Al ver su rostro sonrojado, Rogelio se envalentonó y la provocó con una risita.
Aldana se detuvo de repente, con los ojos redondos como platos, mirándolo con indignación.
Parecía una gatita salvaje, a punto de sacar las garras.
—¿Qué pasa? —preguntaron la abuela y Brunilda, deteniéndose también, extrañadas.
—Nada.
Aldana negó con la cabeza, se soltó de la mano de Rogelio y se acercó rápidamente a la anciana, diciendo en voz baja—: Abuela, déjeme ayudarla.
—Claro, claro, mi niña.
Doña Marcela estaba tan feliz que no podía dejar de sonreír, elogiando sin parar lo buena que era Aldana.

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