—Mi relación con Brunilda...
El subdirector estiró el cuello y aguzó el oído, temiendo perderse cualquier palabra clave.
—No te lo voy a decir —dijo Aldana con una sonrisa lenta en los labios.
Luego, se dio la vuelta sin contemplaciones.
El subdirector se quedó plantado en el sitio, mirando la espalda de Aldana con una expresión pensativa.
«Vaya, vaya», pensó.
«Esa chispa de picardía es idéntica a la de Brunilda».
«¿Será posible?».
«¡¿De verdad es la hija de Brunilda?!».
***
En el camino, Aldana fue al baño.
Al salir, se encontró a Lucrecia retocándose el maquillaje frente al espejo.
—¿Tú qué haces aquí? —El rostro de Lucrecia cambió de repente, y miró a su alrededor con recelo.
«¿No estará celosa de que yo haya entrado al programa de Brunilda?», pensó.
«¿Querrá llamar la atención de Brunilda para sacar tajada?».
—¿Acaso es tu casa? —preguntó Aldana con indiferencia mientras se lavaba las manos, levantando la vista perezosamente.
—Yo...
Lucrecia levantó la vista, vio el letrero de «Baños» y se quedó sin palabras.
Cuando se aseguró de que no había nadie más, mostró su verdadera cara—: No cualquiera puede ver a Brunilda.
Ella, como invitada, la acababa de conocer ese mismo día.
Brunilda le había dicho: «La Universidad de la Capital es un lugar excelente».
Mientras lo decía, le había sonreído con una ternura especial.
«Seguro que está muy satisfecha conmigo», pensó Lucrecia.
No había sido en vano todo el dinero y los contactos que había movido para entrar.
En cuanto a Aldana...
Su hermano era amigo de Rogelio, así que tenía ventaja por su cercanía.
Si a Brunilda le hubiera gustado, la habría elegido a ella hace tiempo.
«Quizás se ofreció ella misma, Brunilda la rechazó y ahora insiste porque no se rinde».
—¿Ah, sí? —dijo Aldana, cerrando el grifo y sacudiéndose el agua de las manos. Lucrecia, asustada, dio un salto hacia atrás para no mojar su vestido.
Lo había alquilado para la ocasión y no podía permitirse arruinarlo.

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