Pero el repentino salto del caballo de Aldana había asustado aún más al suyo.
Ahora, sus intentos por controlarlo eran inútiles; el caballo no mostraba ninguna señal de querer detenerse.
—¡Ahhh!
—¡Detente, detente ya!
Lucrecia, mientras tiraba de las riendas, gritaba aterrorizada:
—¡Socorro, que alguien me ayude!
Frente a ella estaba la valla de obstáculos. Si el caballo saltaba bruscamente, estaba segura de que saldría despedida por los aires.
Los demás invitados estaban pasmados, y los domadores no tuvieron tiempo de intervenir para salvarla.
—¡Ah!
Solo se escuchó un grito desgarrador, mezclado con el relincho descontrolado del caballo.
Lucrecia fue lanzada hacia arriba por la sacudida y, por su falta de técnica, no pudo aferrarse a las riendas.
Perdió el equilibrio por completo, su cuerpo se inclinó hacia atrás y cayó al suelo.
¡Pum!
Rodó varias veces hasta que se detuvo al chocar contra una barrera.
Sentía como si todos los huesos de su cuerpo estuvieran a punto de romperse, y su cabeza le dolía, nublándole la mente.
Se esforzó por abrir los ojos y un olor nauseabundo le invadió las fosas nasales.
Cuando finalmente logró enfocar la vista, vio que estaba rodeada de algo oscuro y pastoso.
En un instante, lo comprendió.
Estaba en la zona que los caballos usaban como baño. El suelo estaba cubierto de estiércol.
Y ella estaba tumbada en medio de todo aquello. Incluso tenía salpicaduras en la cara y en la boca.
—¡Ahhh!
Lucrecia se derrumbó por completo. Mientras luchaba por levantarse, gritaba fuera de control.
—Señorita Mendes, ¿se encuentra bien? —preguntó un miembro del personal que se había acercado, tapándose la nariz con cautela.
Seguramente estaba bien.
De lo contrario, no podría gritar con tanta fuerza.
Los otros invitados, por cortesía, también corrieron hacia ella para ver cómo estaba.


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