—Vine especialmente para disculparme con ella.
—Ah, ya.
La expresión de Aldana se suavizó. Se recostó en el sofá y dijo con calma:
—No está en la capital. Tuvo que ir a Submundo por unos asuntos, volverá en un par de días.
—¿Gilda no está en la capital?
La voz de Héctor se alzó aún más. Dejó lo que estaba haciendo y su entusiasmo se desvaneció.
—Bueno, ya que todos han comido, no me molestaré en cocinar.
El hombre, de repente desanimado, dejó las cosas y se dispuso a marcharse.
—Pero yo quiero probar —lo detuvo Aldana, preguntando con curiosidad—: ¿Qué platos sabes hacer?
Había venido cojeando y cargando verduras, especialmente para esto. Si no lo dejaban cocinar, se iba a sentir mal. Así que decidió dejarlo hacer lo que quisiera.
—¿Sabes hacer papas salteadas con un toque picante?
—Me salen de maravilla —respondió Héctor, levantando la barbilla con confianza.
—De acuerdo.
Aldana asintió con un tono perezoso.
—Pues prepara un poco para que lo pruebe.
—¿Eh?
Héctor se quedó perplejo por unos segundos, se rascó el pelo y pareció querer decir algo, pero no lo hizo.
—¿Algún problema?
Aldana entrecerró los ojos y lo examinó atentamente.
—¿No habías venido especialmente a cocinarnos?
—Sí —respondió Héctor, asintiendo y tartamudeando.
Era cierto que había venido a cocinar, pero lo que más deseaba era que Gilda estuviera presente.
—Pues si quieres cocinar, cocina —dijo Rogelio con fastidio, al ver que Héctor no paraba de darle vueltas al asunto sin decidirse.
Podría haber pasado una noche tierna con Aldi, pero este inoportuno se lo había estropeado.
Era un payaso.
—De acuerdo.
Con una orden directa de su hermano, Héctor no se atrevió a dudar más y se puso a trabajar de inmediato.
Media hora después, tres platos y una sopa estaban servidos en la mesa.
Mientras se secaba las manos, alguien llamó a la puerta.
Gilda asintió sin dudar.
Realmente lo era.
Las últimas veces que lo había visto, no le había dirigido ni una buena mirada.
«¿Será que, al no poder “asesinarme” en secreto, ha cambiado de táctica a un “asesinato” a la vista de todos?», se preguntó.
Héctor casi se desmaya.
—Gilda, ven y siéntate. —Justo en ese momento, se oyó la voz de Aldana—. Ya lo probé, el veneno no es muy fuerte, no te matará.
Casi se le sale el corazón a Héctor por la boca al escuchar las palabras de Aldana.
—Je.
Rogelio dejó el agua de limón en la mesa, acarició tiernamente la cabeza de Aldana y dijo con tono cariñoso:
—No te metas con él. Luego tendrá que lavar los platos.
Héctor se quedó pensando: «¿Eh? ¿Yo?».
Al escuchar la conversación entre Rogelio y Aldana, y ver la cara de Héctor, Gilda no pudo evitar sonreír.
Ese momento fue captado por Héctor, quien la miró fijamente, quedando absorto.
Gilda se preguntó: «¿Qué mira? ¿Todavía planea asesinarme?».

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