—No, no, no.
Al entender lo que Rogelio quería decir, Héctor agitó las manos rápidamente para negarlo: —Si nos casamos, mantendremos las cosas por separado.
No se atrevería a intentar superar a su propio hermano.
—¿Casarse?
La sonrisa en los ojos de Rogelio se hizo más profunda, como si hubiera escuchado un chiste, y no pudo evitar desanimarlo: —Vaya que eres optimista.
—Gilda no es como las chicas fáciles que encuentras por ahí, a las que puedes conquistar regalándoles un bolso y chasqueando los dedos.
—Es mayor que tú y tiene más experiencia. Ustedes dos no son compatibles, no te metas con ella.
La personalidad de Gilda era completamente opuesta a la de Héctor.
Una era tranquila y el otro, activo.
—Si ni siquiera lo hemos intentado, ¿cómo sabes que no somos compatibles? —replicó Héctor de inmediato, sin darse por vencido—. Además, ¿qué importa que sea unos años mayor?
—Tú le llevas casi diez años a Aldana.
La cara de Rogelio se ensombreció por completo. Si no fuera porque era un buen día, de verdad le habría dado una paliza.
—Está bien.
Rogelio no tenía ganas de discutir con él, así que simplemente soltó una frase fría: —Si logras conquistarla, será mérito tuyo. Pero si la haces enojar, atente a las consecuencias.
—Rogelio, ¿estás de acuerdo con que la corteje? —preguntó Héctor, gratamente sorprendido.
Rogelio no le respondió.
Como si su aprobación garantizara que pudiera conquistarla.
Después de todo...
La inteligencia emocional de Gilda era comparable a la de Aldana.
¿Conquistarla?
¡Sería más fácil llegar a la luna!
—
Al salir.
Héctor vio las dos tortuguitas que habían aparecido en la sala.
Cuando se disponía a tocarlas, la voz de Rogelio resonó: —Son la vida de Aldana. Atrévete a tocarlas y verás.
Héctor retiró la mano a toda prisa y la metió en el bolsillo.
Justo en ese momento.
Aldana y Gilda regresaron de la casa de Inés.

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