La mirada de Rogelio se desvió del rostro de Aldana hacia su vientre plano.
«¿Un bebé? ¿De quién? Entre nosotros, aparte de besos muy contenidos, lo máximo que hemos hecho es tomarnos de la mano. ¿De dónde sacó un bebé?», pensó.
—¿Qué bebé?
Rogelio apretó los puños y sus ojos profundos se clavaron en Aldana. Su voz, extremadamente ronca, temblaba ligeramente.
—¿De dónde salió ese bebé?
—De Julieta.
Aldana miró el pastel en el suelo, lamentándose por dentro mientras se quejaba:
—¡Rogelio, mi pastel! ¡Me lo pagas!
—¿El bebé es de Julieta?
Los nervios de Rogelio, que estaban a punto de estallar, se relajaron al instante. Un sudor frío y fino le perló la frente.
Aunque sabía que era imposible, al oír esas palabras, sintió que su corazón no podía soportarlo.
—Todavía no es más grande que una semilla de manzana, está tranquilito en su barriga. —El tono de Aldana era ligero y su humor, excelente—. En nueve meses, podré abrazar a un bebé blandito y suave.
¡Cómo no iba a ser su bebé!
—Felicidades.
Rogelio suspiró profundamente y forzó una sonrisa.
—El pastel se ensució. Te llevaré a comprar otro.
—¿No vas a trabajar?
Aldana, mientras él la arrastraba hacia la salida, preguntó confundida:
—El señor Rogelio es famoso por estar siempre ocupadísimo.
—El señor Rogelio ahora no quiere estar ocupadísimo... —Las últimas palabras, Rogelio no se atrevió a decirlas claramente.
Temía que la chica no lo entendiera.
Y también temía que, si lo entendía, le metiera un balazo.
—Ah.
Aldana, que claramente no lo entendió, respondió con un simple «ah», suponiendo que Rogelio probablemente ya había ganado suficiente dinero.
Al ver su expresión desconcertada, la sonrisa en la boca de Rogelio se hizo más amplia.
«Yo ya iba a toda velocidad y ella seguía en la luna».
Si pudiera, de verdad le abriría la cabeza a la muchacha para meterle algunas ideas.
—
La noticia de que la futura esposa del presidente había venido de «inspección».

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