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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 931

¿Eh?

Al encontrarse con la mirada de Aldana, Lourdes, lejos de enojarse, sonrió y dijo con sus labios rojos y carnosos:

—La señorita es muy linda, pero... qué carácter.

«Parece que me va a morder».

—No te enojes —le dijo Rogelio, tomándola de la mano para calmarla con voz suave—. Te aseguro que nadie te quitará lo que quieres.

Sus palabras tenían un doble sentido.

Ya fuera una persona o un objeto, si a ella le gustaba, sería suyo.

Después de dos rondas de pujas.

Rogelio se levantó de repente e hizo un gesto al subastador.

¡Zas!

La gente en la sala, al ver su gesto, estalló en un alboroto.

¡La puja del cielo!

En el mundo de las subastas, ese gesto significaba que, sin importar cuánto ofrecieran los demás, él estaba decidido a quedarse con el artículo.

En pocas palabras, llegaría hasta el final.

Era una demostración de riqueza y determinación que muy pocos se atrevían a hacer de una manera tan desafiante.

Pero esta vez era diferente.

Quien hacía «la puja del cielo» era Rogelio, un hombre en la cima de la pirámide tanto en dinero como en poder.

No solo tenía el poder para hacerlo con un artículo, sino con todos los de la subasta.

«¿La puja del cielo?».

Lourdes no esperaba que Rogelio recurriera a esa táctica y su mirada se volvió fría al instante.

Eso significaba que no importaba cuánto dinero ofreciera, Rogelio seguiría pujando.

No estaba a la altura para competir en poder económico con Rogelio.

¿Y todo por una fusta?

¡No era para tanto!

—Señora Yáñez...

Justo cuando Darío iba a consolarla, Lourdes se levantó de repente y se acercó a Rogelio.

Aldana levantó la vista y observó a la mujer; bajo el pesado maquillaje, sus rasgos no se distinguían con claridad.

Claro.

La jovencita estaba cegada por los celos, ¿cómo iba a fijarse en otra cosa?

Sin embargo...

Esa cara le resultaba particularmente detestable.

Quizás porque se parecía un poco a Gilda.

—Señor Rogelio, un placer.

A excepción de las estrellas y la luna del cielo, él podía conseguirle a Aldana cualquier cosa que deseara.

—¿No hay lugar para la negociación? —preguntó Lourdes en voz baja, con la mirada fija en el rostro de Aldana.

La chica llevaba una gorra que le cubría los ojos y jugaba con su celular entre las manos.

No era muy mayor, pero tenía una presencia imponente.

Tenía carácter.

—No —respondió Rogelio—. Señorita Yáñez, puede retirarse.

—Bien.

Ante la firmeza de su actitud, Lourdes no insistió más y sonrió con aire enigmático.

—Que el señor Rogelio la disfrute por ahora. Quizás en el futuro vuelva a mis manos.

«¿Todavía se atreve a sonreírle a Rogelio?».

«¿Será que le gusta?».

«Claro».

«Con esa cara, Rogelio siempre ha sido un imán para las mujeres».

Aldana no dijo nada en todo el tiempo, pero la fuerza con la que jugaba en el celular aumentó.

La dura pantalla del teléfono casi se rompe por los golpes.

«Uhm, maldito galán.»

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