—Es que…
El subordinado titubeó un momento antes de añadir con voz ronca:
—Por el momento, no hemos podido confirmar cuál de las hijas de Cornelio es.
Cornelio tenía siete hijos en total: tres varones y cuatro mujeres.
Todos habían sido sometidos a pruebas al nacer.
Cada uno poseía un coeficiente intelectual aterradoramente alto, en especial la hija menor.
Su coeficiente intelectual era estratosférico, superando por mucho el de sus geniales padres.
Si estuviera viva, sería inimaginablemente formidable.
—Sea cual sea, si la atrapamos nos será de utilidad. —Serafín agitó su taza de té, con la mirada perdida en la espuma de la superficie, y dijo con indiferencia—: Justo a tiempo para que ponga a prueba los resultados de mi investigación.
—Capturarla podría llevarnos algo de tiempo.
El subordinado volvió a hablar con expresión seria.
—Actualmente es la esposa de Quico Mendes y está embarazada. Quico la vigila como si fuera la niña de sus ojos, no se atreve a dejarla sola ni un segundo. No será fácil para nuestra gente acercarse a ella.
—Solo me importan los resultados, no el proceso.
Serafín dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco, y una intensa sed de sangre brilló en sus ojos. Su voz era espeluznante.
—Solo me queda un año, tengo que jugármela.
La edad límite para el trasplante genético era de cincuenta años.
En diez meses, alcanzaría esa edad.
Por lo tanto.
Tenía que completar su plan de modificación genética antes del próximo año.
—Si no me la traen en un mes, más les vale que no sigan con vida.
—Sí, señor.
El subordinado casi se mordió la lengua del susto. Hizo una reverencia y se retiró rápidamente del lugar.
***
Tras permanecer sentado unos minutos, Serafín tomó el ascensor y bajó al sótano.
—Cornelio está vivo, ¿estás contenta? —Serafín miró fijamente a Sania con un tono y una mirada sorprendentemente amables.
Sania, sentada en una silla, mantenía la vista baja, fija en sus dedos.
No le hizo caso.
—¿Qué te parece si te llevo a verlo? —Acostumbrado a su frialdad, Serafín no se inmutó.
Al oír esas palabras, los ojos apagados de la mujer finalmente mostraron una chispa de emoción.
«¿Permitirme ver a Cornelio?», pensó.

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