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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 164

Cualquier persona que no conociera la situación pensaría que un esposo había descubierto la infidelidad de su mujer y la estaba interrogando sobre su despiadada traición.

Pero, entre ellos dos, ¿quién había traicionado a quién? ¿Quién había abandonado a quién?

Ella dejó escapar una risa fría:

—Cuñado, ¿acaso no vas a casa a acompañar a tu esposa e hija después del trabajo? ¿Viniste a buscarme solo para pelear?

En ese preciso momento, la puerta se abrió. El mesero entró con los platillos y, al percibir la pesada atmósfera, se quedó congelado en su lugar, sin saber si avanzar o retroceder.

Lázaro la soltó y volvió a sentarse. Se masajeó el entrecejo con una mano, sus labios apretados en una línea tensa.

Tras un instante de duda, Magdalena también volvió a su asiento.

El mesero comenzó a acomodar los platos en la mesa, lanzándoles miradas furtivas. Los rostros de ambos reflejaban un malestar evidente, como si estuvieran en medio de un campo de batalla invisible.

Una vez que el empleado salió de la sala, el ambiente se volvió tan opresivo que costaba respirar. Ninguno de los dos decía una palabra.

Tras varios minutos de silencio, Magdalena tomó los cubiertos y empezó a comer. Aunque no estaba del mejor humor, eso no le quitaba el apetito.

Además, era la hora de la cena. Después de comer, cada uno tomaría su camino de regreso a casa. Esta cena marcaría su despedida definitiva.

Una vez que cruzara la puerta de ese restaurante, sepultaría todos los recuerdos del pasado en lo más profundo de su corazón y jamás volvería a mencionarlos.

Lázaro sacó una cajetilla de cigarros de su bolsillo. Colocó uno entre sus labios y sostuvo el encendedor, pero no lo encendió. Sus ojos oscuros parecían perdidos en un mar de preocupaciones.

Magdalena probó unos cuantos bocados, sacó una servilleta y se limpió la boca:

—Ya terminé.

Durante todo el tiempo, Lázaro no había tocado sus cubiertos. Estaba absorto en sus pensamientos hasta que escuchó sus palabras. Giró lentamente la mirada hacia ella, luego observó los platillos casi intactos y frunció ligeramente el ceño.

Sus labios se movieron, pero no articuló sonido. Tomó las llaves de su auto, se levantó, descolgó su abrigo del perchero y se lo puso sobre el brazo:

—Vámonos.

Magdalena estuvo a punto de decirle que él no había comido nada, pero se arrepintió de ser tan entrometida. Teniendo una esposa tan dedicada en casa, seguramente la comida de los restaurantes le parecía insípida.

Salieron del reservado uno detrás del otro. Afuera, el mesero aguardaba pacientemente. Lázaro le lanzó una mirada de reojo:

—Cárgalo a mi cuenta.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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