Cuando Lázaro Guzmán llegó a casa, Fátima acababa de bañar a Reina. Al verlo salir del baño, la pequeña estiró los brazos pidiendo que la cargara y balbuceó:
—Papá...
Reina tenía las mejillas regordetas y lo miraba con sus grandes ojos llorosos. Él apretó levemente los labios y no hizo el ademán de tomarla en brazos.
La niña, molesta, empezó a retorcerse en los brazos de su madre, haciendo un tierno puchero.
Al notar que Lázaro no estaba de buen humor y ver la carita de decepción de su hija, Fátima le habló con dulzura:
—Reina, ¿acaso prefieres a papá y ya no quieres a mamá? Entonces mamá ya no te contará más cuentos.
Aunque era pequeña, la niña pareció entender. Le dio un sonoro beso en la mejilla a su madre, logrando que Fátima soltara una carcajada.
Fátima llevó a Reina a la habitación. Poco después, se escuchó su voz suave y melódica contando el cuento de los renacuajos que buscaban a su mamá.
Una vez que la niña se durmió, Fátima salió de la habitación. Al pasar por el despacho, vio a través de la puerta entreabierta que Lázaro estaba recargado en el escritorio, fumando, con el rostro apuesto ensombrecido por las preocupaciones.
Ella entró. Lázaro levantó la mirada por un segundo, luego volvió a llevarse el cigarro a los labios. Inhaló profundamente y exhaló una estela de humo blanco que flotó a su alrededor.
La luz suave de la habitación iluminaba su rostro, pero no lograba disipar la tristeza que lo envolvía.
Al verlo tan abatido, Fátima preguntó:
—¿Fuiste a verla? ¿Qué te dijo?
En este mundo, tal vez había muchas cosas que podían afectar su estado de ánimo, pero la única capaz de hacerlo sentir tan miserable y desesperado era Magdalena.
Él continuó fumando en silencio. Un poco de ceniza cayó sobre su zapato impecable. Un mechón de cabello se deslizó sobre su frente, ocultando las emociones en sus ojos.
Ese silencio confirmó las sospechas de Fátima. Un torbellino de pensamientos cruzó por su mente, movió los labios, pero no supo qué decir.
Lázaro bajó la cabeza por un momento y finalmente murmuró:
—Fátima, no puedo esperar más.
La mitad de su rostro permanecía en la sombra. Bajo su amplia frente, sus ojos mostraban una seriedad profunda y desgarradora.
Octavio encendió un puro. Esperó a que la ceniza se formara antes de hablar lentamente:
—Si lográramos concretar un matrimonio con Renato Jiménez, sería de gran ayuda para la familia.
A Magdalena no le sorprendió. Octavio no era el único que pensaba así; probablemente toda la gente adinerada de Valle Niebla soñaba con casar a sus hijas con Renato. El puesto de señora Jiménez era algo que cualquier mujer de la alta sociedad anhelaba desesperadamente.
Pero soñar era una cosa, y la realidad otra. Alguien tan brillante como Renato seguramente querría a su lado a una mujer igual de extraordinaria e intachable.
Ella bajó la mirada y dijo en voz baja:
—Nuestra relación es estrictamente profesional. Además, él no tiene ningún interés en mí.
Octavio apretó los labios y, tras un momento, le respondió con un tono helado:
—En lugar de casarte con cualquier otro, deberías intentar conquistarlo a él.
Magdalena dejó que las palabras le entraran por un oído y le salieran por el otro. En cuanto salió del despacho, fingió que aquella conversación nunca había existido.

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