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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 169

En la espaciosa planta con inmensos ventanales, la enorme habitación estaba casi vacía, a excepción de caballetes y materiales de pintura esparcidos en un desorden creativo.

Una mujer vestida con ropa cómoda de casa estaba sentada frente a un lienzo, sosteniendo una paleta en una mano y un pincel en la otra. A sus espaldas, a través del cristal, se veía un cielo azul brillante adornado con nubes blancas y un sol radiante.

En una esquina del estudio había una pequeña área de descanso. Sobre un sofá de cuero color púrpura oscuro, un hombre con camisa blanca y pantalones de traje negro a la medida estaba sentado con las piernas cruzadas. Disfrutaba de una taza de café a un ritmo pausado.

Él sabía muy bien que a Virginia Jiménez no le gustaba que la interrumpieran mientras pintaba, así que no tenía prisa y esperaba con paciencia.

El pincel se empapó de color en la paleta. De pronto, Virginia rompió el silencio:

—¿Estás tan desocupado que viniste hasta aquí solo a tomar un café?

Renato Jiménez entrecerró sus rasgados ojos oscuros. Dejó lentamente la cucharita con la que revolvía el café, tomó un sobre manila que tenía a su lado y lo puso sobre la pequeña mesa:

—Necesito que firmes un documento.

Virginia no respondió y siguió concentrada en su obra. Renato no se inmutó; permaneció sentado en absoluta calma. La luz dorada que rebotaba en el cristal iluminaba su rostro de perfil, haciendo que sus facciones se vieran aún más varoniles y decididas.

Media hora más tarde, Virginia dio el último trazo, dejó la paleta y fue al baño de al lado a lavarse las manos. Al regresar, miró la taza vacía de Renato:

—¿Quieres más?

Los finos labios de Renato se curvaron en una sutil sonrisa:

—Ya que tuve la suerte de conseguir una invitación, lo mejor sería aprovecharla al máximo.

Virginia le dedicó una sonrisa nostálgica y llena de una suavidad casi imperceptible:

—Lo dices como si nunca en tu vida hubieras probado un buen café.

Él soltó una carcajada:

El poco color que había en el rostro de Virginia desapareció por completo, dejándola pálida como el papel. Sus dedos blancos se aferraron al documento con tanta fuerza que el papel se arrugó:

—¿Esto es una especie de compensación para mí?

Renato no afirmó ni negó nada; simplemente apretó los labios y guardó silencio.

La mujer, que siempre lucía tan tranquila y elegante, tenía ahora los ojos inyectados en sangre. Su voz cortó el aire tranquilo del estudio como un cuchillo:

—¿Así que para su familia, la vida de Rubén Huerta solo valía este miserable diez por ciento de acciones?

Renato la observó sin apartar la mirada:

—Ellos solo temen que pases dificultades estando sola.

—Si sabían que esto pasaría, ¿por qué lo hicieron en primer lugar? —El tono de Virginia destilaba sarcasmo mientras tiraba el documento al cesto de basura—. Si no hubiera sido por el egoísmo de ellos, hoy yo tendría una familia feliz, un esposo que me amara y unos hijos adorables. ¡Toda esta desgracia la causaron ellos con sus propias manos!

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