En la espaciosa planta con inmensos ventanales, la enorme habitación estaba casi vacía, a excepción de caballetes y materiales de pintura esparcidos en un desorden creativo.
Una mujer vestida con ropa cómoda de casa estaba sentada frente a un lienzo, sosteniendo una paleta en una mano y un pincel en la otra. A sus espaldas, a través del cristal, se veía un cielo azul brillante adornado con nubes blancas y un sol radiante.
En una esquina del estudio había una pequeña área de descanso. Sobre un sofá de cuero color púrpura oscuro, un hombre con camisa blanca y pantalones de traje negro a la medida estaba sentado con las piernas cruzadas. Disfrutaba de una taza de café a un ritmo pausado.
Él sabía muy bien que a Virginia Jiménez no le gustaba que la interrumpieran mientras pintaba, así que no tenía prisa y esperaba con paciencia.
El pincel se empapó de color en la paleta. De pronto, Virginia rompió el silencio:
—¿Estás tan desocupado que viniste hasta aquí solo a tomar un café?
Renato Jiménez entrecerró sus rasgados ojos oscuros. Dejó lentamente la cucharita con la que revolvía el café, tomó un sobre manila que tenía a su lado y lo puso sobre la pequeña mesa:
—Necesito que firmes un documento.
Virginia no respondió y siguió concentrada en su obra. Renato no se inmutó; permaneció sentado en absoluta calma. La luz dorada que rebotaba en el cristal iluminaba su rostro de perfil, haciendo que sus facciones se vieran aún más varoniles y decididas.
Media hora más tarde, Virginia dio el último trazo, dejó la paleta y fue al baño de al lado a lavarse las manos. Al regresar, miró la taza vacía de Renato:
—¿Quieres más?
Los finos labios de Renato se curvaron en una sutil sonrisa:
—Ya que tuve la suerte de conseguir una invitación, lo mejor sería aprovecharla al máximo.
Virginia le dedicó una sonrisa nostálgica y llena de una suavidad casi imperceptible:
—Lo dices como si nunca en tu vida hubieras probado un buen café.
Él soltó una carcajada:

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