Renato frunció levemente el ceño, se desabrochó el otro gemelo y se sentó en su silla ejecutiva. Dentro del recipiente transparente, la comida tenía colores vibrantes y una presentación excelente; incluso se percibía un ligero y delicioso aroma.
Camilo observó el desayuno preguntándose dónde lo habría comprado Wendy, pues lucía tan apetitoso que hasta a él se le antojó.
Renato apartó el recipiente y encendió su computadora. Camilo comenzó a repasar la agenda del día, pero cuando mencionó que el Director Larreta lo había invitado a tomar la merienda, Renato lo interrumpió:
—Cancélalo.
—Entendido —respondió Camilo, y continuó con los demás pendientes. Al terminar, antes de salir, le recordó—: Presidente Jiménez, cómaselo antes de que se enfríe.
Renato tomó los documentos que debía revisar esa mañana, sacó su pluma estilográfica del lapicero y le quitó la tapa. Al dejar la tapa a un lado por descuido, esta rodó por la mesa y cayó directamente al bote de basura.
Se inclinó a recogerla y notó que en el fondo del bote había una bolita de papel. Frunció el ceño; el personal de limpieza pasaba todos los días a las siete y media, se llevaban la basura y ponían una bolsa nueva. ¿De dónde había salido ese papel?
Lo recogió con dos dedos y lo desdobló. Aunque estaba arrugado, la elegante y delicada letra seguía siendo perfectamente legible:
*El desayuno es lo más importante del día. ¡No olvides comer!*
Al final, había dibujado una carita sonriente. Era un detalle infantil, pero bastaba para imaginar su brillante sonrisa.
Miró el recipiente que había apartado. Así que el desayuno era obra de ella. *Hmp, ¿cree que con esto logrará manipularme?*
En cuanto al motivo por el que la nota terminó en la basura, no tuvo ni que pensarlo: había sido Wendy. Como su secretaria principal, Wendy no solo se encargaba de sus asuntos laborales, sino también de deshacerse de cualquier mujer que intentara acercarse a él.
Mientras esperaba el ascensor, Renato se dio cuenta de que había olvidado su billetera, así que regresó a la oficina. La puerta estaba entreabierta. Detuvo su mano antes de empujarla por completo y observó fríamente a la mujer que estaba de pie, inmóvil frente a su escritorio.
Ella tenía la mirada baja, clavada en el bote de basura. Un mechón rebelde de cabello caía sobre su mejilla, resaltando su piel radiante y su gran belleza.
Renato apretó sus finos labios, con una tormenta de emociones indescifrables en el fondo de sus ojos. Finalmente, retiró la mano del picaporte, se dio la vuelta y se marchó.
Al ver su esfuerzo tirado a la basura, Magdalena sintió un nudo en la garganta y una sonrisa amarga y sarcástica se dibujó en sus labios.
Tomó una respiración profunda, dejó salir la frustración acumulada en su pecho y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.

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