En un restaurante cerca del Grupo Centauro, Magdalena eligió sentarse en una esquina aislada por miedo a encontrarse con alguien conocido.
Unos minutos después, escuchó una voz despreocupada que sonaba un tanto insegura:
—¿Señorita Magdalena?
Levantó la vista y vio a un hombre de unos treinta años de pie frente a ella. Aunque sus rasgos no eran excepcionalmente guapos, tenía un rostro endurecido y varonil, con la piel tostada por el sol.
Llevaba una camiseta azul y pantalones de camuflaje. Sus músculos estaban bien definidos, y debajo de la tela se notaba la firmeza de su pecho.
Este hombre coincidía bastante con la descripción que le había dado Beatriz.
—¿Usted es... el señor Salinas?
—Así es. —El hombre sacó la silla frente a ella y se sentó, cruzando los brazos y recargándose en el respaldo. La evaluó con una mirada aguda, como la de un halcón.
El hombre sentado frente a ella era el candidato que Octavio Sarmiento había seleccionado para un matrimonio por conveniencia. Tenía exactamente treinta años y provenía de una familia acomodada con una larga tradición militar. Su abuelo había sido comandante, su abuela una alta funcionaria, su padre era coronel y él mismo formaba parte de las fuerzas especiales.
Su mirada tenía el filo y la agresividad propios de un militar. Magdalena se sintió un poco incómoda bajo su escrutinio y se pasó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Quizás notando su incomodidad, Adrián Salinas apartó la mirada.
—Pidamos la comida.
Magdalena llamó al mesero. El empleado les entregó un menú a cada uno, pero Adrián ni siquiera lo miró; simplemente encendió un cigarrillo y empezó a fumar.
El mesero retiró la mano avergonzado y se guardó el menú contra el pecho.
Magdalena pidió un par de platillos al azar y, mientras sostenía su taza de té, evaluó al hombre frente a ella con disimulo.

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